jueves, 13 de octubre de 2011

Sucederes

Tengo mucho que contar, ya que últimamente no me pasé mucho por aquí, claro que este últimamente tiene una duración de varios meses. Para empezar mi pobre ordenador de sobremesa feneció y aunque todavía sigue de cuerpo presente, hasta hace poco, un par de días, seguía enchufado. De noche te levantabas a algo y seguías viendo la luz del ratón iluminado el salón. Fuegos fatuos, le dije yo a mi Pomelo, hay que acabar con esto, porque además se incrementa el recibo de luz. Ante esto último lo apagó. Al desván no fue, como habían ido los anteriores, porque lo acabo de ordenar. Sigue habiendo trastos, pero son trastos dignos, es decir, colecciones de comics, revistas de arte, herramientas y objetos más o menos útiles, todos ellos en sus cajas clasificados y limpios. Ya no hay toda la inmundicia que sobraba y no tirabas por pereza. Me deshice como de unos cuatro ordenadores, miles de revistas de decoración de cuando compramos la casa y cientos de cosas por el estilo. Cuando acabé, después de tres días de viajes a los contenedores de reciclaje oportunos (que quede claro), le comuniqué a mi Pomelo que ya me podía morir tranquila. Me contestó que de haberlo sabido lo hubiera ordenado él antes, que siempre quiso ser un viudo joven y ahora ya le coge calvo. En fin. Después de tan ímprobo trabajo, ya no dejo subir nada al desván, así que cuando este último ordenador estiró el teclado decidí que prefiero tenerlo en la mesa que contaminar mi obra maestra. Lo que quería decir, es que hago por primera vez una entrada desde el ordenador portátil, que ya tenía desde hace un par de años pensando en los viajes, que por cierto nunca viajo, lo que me resulta un poco incómodo porque adoro los teclados amplios que pueda aporrear como si de una máquina de escribir se tratase, que para algo tengo ya una edad. Aunque bueno, nunca usé mucho la máquina de escribir. Es como lo de las marchas del coche. Mi hermana me decía el otro día que parece que conduzco un camión, por la forma en que las cambio. Nunca conduje un camión, aunque a mi hermana, conocida por Volty, no se le puede hacer mucho caso porque interpreta la realidad un poco a su manera, aunque sí tiene razón cuando dice que el único hombre que puede permitirse el lujo de ir con una camiseta vieja y barba de tres días sin parecer un guarro es Miguel Bosé, se extralimita al decir que le dan un poco de repelús esas tumbonas como camas que hay en los hoteles y playas de lujo, porque sabe dios cuantos bañadores mojados se habrán tumbado en ellas. A todo esto, no sé adonde me dirijo con estas cosas que estoy contando. Será la falta de práctica, pero cuando empecé a escribir sabía lo que quería contar y ahora ya no me acuerdo. Aunque bueno, para eso tengo dos maravillosas y minúsculas libretitas que es donde apunto todos los sucesos extraños que me van sucediendo fuera y dentro de casa. Porque ahora no es sólo cuando salgo a tomar cafelitos que me persiguen los sucesos extraordinarios. Resulta que en casa tenemos un Stargate y no lo sabíamos. El cabecero de nuestra cama es de obra, de pladur, no de ladrillos ni materiales nobles, que uno anda escaso de dinero. Pues lo que nos pasó ahí atrás fue algo inaudito. Mi pobre Pomelo (hoy ya lo cité tres veces) es un poco cegato, por decirlo con cariño, pero un poco de unas siete dioptrías por lo menos. Lo primero que hace antes de levantarse es ponerse las gafas. Alarga el brazo hacia el sitio dónde las deja, que es un estante del cabecero (no pongo una foto porque el que nos hizo la casa era un constructor-artista y lo hizo como le dio la gana. No vigilábamos mucho, la verdad) y no las encuentra. Me llama para que las busque y no están. Miro por el suelo, entre los cables, entre las sábanas, debajo de la almohada y no aparecen. ¡¡¡¡Que no están!!! Como el pobre tenía que ducharse, desayunar etc etc antes de irse a trabajar, le busqué las de repuesto para que pudiese valerse por si mismo y yo seguí buscando. Nada. Entre los dos estuvimos más de media hora. Ante tal horror decide llamar a la oficina para avisar que llega un poco tarde, cuando allí estaban, en el sitio dónde las deja siempre y que ya habíamos mirado como tropecientas veces. Un Stargate, le dije, lo tenemos en el cabecero y no lo sabíamos. Yo estaba ya toda ilusionada, pensando a que mundos habrían ido durante toda la noche las gafas, a dónde podríamos ir nosotros sin tener que usar avión y si cabríamos por el stargate o tendríamos que buscar la manera de ampliarlo, cuando me dice que no, que lo pasó es que se debieron liar con los cables que van a los enchufes y quedar escondidas hacia la parte de atrás. Mi gozo en un pozo, la verdad es que me da bastante menos miedo usar un stargate que ir en avión, no hay aterrizajes ni despegues, ni baches, ni pájaros a los que atropellar y además tampoco te pierden el equipaje porque lo llevas contigo. Aunque bueno, casi me seduce más el teletransportador de Star Trek, porque digan lo que digan para mi que el stargate te deja el pelo encrespado.