lunes, 17 de enero de 2011

Crisis II

Sigo empeñándome en que "you" sea yo y claro, así es imposible aprender un idioma. Fundamental saber I am, pero claro, yo pienso en you am y creo que lo mejor que puedo hacer es desistir. Que no, que el inglés no es para mi, que una persona a la que le cuesta entender a los andaluces o a los argentinos por el acento, no puede estudiar inglés, está clarito. Pero es que yo quiero. Llevo años viendo series en inglés subtitulado y ya sé decir what? con cara de extrañeza y con cara de asombro oh my God ! Pues no, eso no llega. Hay que aprender que un apartamento es flat y un árbol tree, aunque eso yo ya lo sabía por la serie "Men in trees", que husband es marido y que mother no se puede decir como en "How I met your mother " porque allí lo dicen en americano. Además hay que llegar a casa y estudiar. Aprender los verbos, el vocabulario y encantado de conocerte y como te llamas. Aburridísimo. Todo esto unido a un libro lleno de dibujitos, de frases simples y de enunciados de ejercicios más difíciles que el ejercicio en sí. Después llegas a clase y te ponen unos audios horrorosos que no suenan como en las series o unos videos en los que no hay subtítulos. Echo de menos las clases de idiomas de mi bachillerato, francés por cierto, en las que tenías que estudiar un montón de gramática, que dicho sea de paso es lo que más me gusta, listas de vocabulario y hacer traducciones y dictados. Pues no, ahora ya no se estudia así. Y yo no lo sabía. El shock que llevé fue morrocotudo, graciosa palabra por cierto. Para colmo yo pensé, creo que con buena lógica, que si te apuntas a un curso de Básico 1 es para gente que no sabe nada de nada, como yo. Pues no, resulta que soy la más burra de la clase. Me desanimo, cada vez falto más y claro, no me entero de nada. Para colmo casi todo el mundo va con amigos. Los que van solos se sientan solos, pero después hay que conversar y la gente se junta como a regañadientes. Pues menudo aburrimiento de clase. Yo procuro sentarme de entrada con gente que está sola y así ir haciendo amistades, pero claro, como falto tanto pues cuando llego ya se hicieron nuevas parejas pero como yo no lo sé , pues me convierto en una roba sitios y compañeros. Un horror esta clase, yo, que soy la reina de los cafelitos todavía no conseguí tomarme uno a la salida acompañada. Pero esta temporada por problemas familiares no puedo ir a las clases, aunque bueno, siempre encuentro alguna disculpa para no ir, con lo que decididamente ya lo voy a dejar. Porque además hay exámenesy vamos, a mi edad era lo que me faltaba, que me suspendiesen y con un cero, pues ese es el nivel de mis conomientos. El otro día quería hablar del tema con mi sobrina La Mayor, conocida por Caaal, en un hospital en el que coincidimos porque nos turnamos para acompañar a un familiar, pero claro, había un Hola. Ya se sabe cuando está un Hola por el medio ya no hay posiblidad de dialogar. Porque por si alguien no lo constató, cualquier conversación, sea de la índole que sea, se interrumpe y pasa a segundo plano cuando de repente vemos que la casa de Tamara Falcó es de estilo juvenil aunque aquel comedor sea como el de una abuela o que la de Fonsi Nieto sea minimalista aunque esté repleta de enormidades doradas traídas por su dueño de Egipto. Ni de este tema ni de ningún otro pude hablar con mi sobrina, ni siquiera de la salud de la enferma, que por fortuna se va recuperando. Cuando yo abría la boca, pues que no, que los zapatos de no sé quien o el nuevo amor de aquella otra se interponía entre nosotras. Pero claro, estábamos en un hospital, tiene que haber un Hola es un requisito imprescindible para cualquier habitación hospitalaria, como antiguamente lo eran las zapatillas de piel nuevecitas y la bata de raso granate para los recién operados, porque si la hospitalización era por urgencia pues no te daba tiempo a comprar y llevabas lo que tenías en casa, que otro día ya contaré todas mis experiencias en estos recintos, que por desgracia son cuantiosas, porque mi Pomelo y yo somos muy aficionados a las operaciones e ingresos varios. Pero ya me fui del tema que era las clases de inglés. Aunque bueno, el Hola me hace recordar mis exámenes de literatura, en los que a la vieja profesora que ya lo había sido de mi padre, le poníamos al descuido la mencionada revista encima de su mesa. La revista de la semana, recién comprada con el dinero de un bote hecho en la clase y que la buena señora se dedicaba a leer durante la hora del examen que se convertía en el mayor despliegue de chuletas que he visto jamás en mi vida de estudiante. Pero tenía que ser el Hola, porque no valen ni el Lecturas, el Semana, que no sé si existe ya, o cualquier otra revista del corazón. No sé la razón, pero es un tema cientificamente comprobado por mi, que para algo soy una gran estudiosa del comportamiento humano. Y ahora se me ocurre pensar que si compro el Hello quizá pueda aprobar mi examen de inglés y así pasar al básico 2 el año que viene y ser ya casi una alumna aventajada. Algo me dice que no, que ni el Hello, ni una réplica del anillo de compromiso de Lady Di, que se vende tan bien estos días, van a conseguir que yo pueda aprobar un examen en el que you es tú y en el que todavía no sé como se dice mierda, hombre, que en francés era lo primero que aprendías. Pero me es igual, algún día yo también podré dar conferencias en el idioma de Shakespeare, porque el año que viene pienso ser repetidora y así jugaré con ventaja.

jueves, 9 de diciembre de 2010

Crisis I

Haruki Murakami es un gran escritor, creo que nadie lo puede poner en duda. Para mi uno de los grandes. Me leí creo que todas sus obras, por muy enormes que sean que lo son y eso que cada vez a mi me gusta más la novela corta, seguramente debido a mis costumbres lectoras particulares. Murakami me ha proporcionado grandes momentos de satisfacción. Aunque sus obras sean densas y a veces duras en temática y en prosa, es un enorme placer leerlo. Pero ultimamente me está haciendo mucho daño. Todos tenemos derecho a sufrir una crisis a lo largo de nuestra vida. Bueno, tal vez dos, pero más no, porque si continuamente tienes crisis dejan de ser eso, impases de la personalidad en un momento puntual. Yo nunca fui muy de tener fases complicadas, más bien ya soy yo permanentemente complicada. Pero ultimamente me permití entrar en una de estas fases que acabo de nombrar. A cada uno le da la crisis de una manera determinada. Aunque algunas tengas unas pautas más o menos reconocibles y catalogables, no tiene porque ser así. La crisis del postdivorcio te puede dar bien por inyectarte de todo en la cara y rasparte el contorno, como por dejar de ir a la peluquería y tener el pelo de tres colores, comer todo el chocolate del supermercado más cercano mientras te conviertes en adicta a a las sudaderas del Decatlon. Hay los dos extremos. La crisis del nido vacío, la crisis económica que sufrimos todos por desgracia, la crisis de la jubilación, las hay para todos los gustos y para todas las edades, vamos, quien no tiene un o dos es porque no quiere. Yo ya pasé varias etapas de mi vida que, podrían haber sido críticas, pero no lo fueron. Pero ahora me llego el momento y dije, pues como no me apure me voy a pasar la vida sin tener una, así que sin darme cuenta, me vi inmersa en una de elllas. Me entraron unas prisas enormes, no por recuperar el tiempo perdido, que aunque las madalenas me encantan, creo que lo que se pierde nunca se vuelve a encontrar a no ser que no valga nada. No, mi apuro fue por hacer lo que nunca hice y que sé que si no lo hago ahora no lo podré hacer jamás. Esto suena de lo más profundo. Y lo es. Asignaturas pendientes. Todos tenemos alguna, si pasas de cierta edad. Yo por tener tengo muchas, pero no voy a enumerarlas aquí, porque no sería ni didáctico ni entretenido. Pero si hay dos a las que estoy dedicando mis esfuerzos, o mejor dicho, parte de mi tiempo, porque si le dedicara todos mis esfuerzos no me vería como me veo. En primavera decidí que tenía que retomar mi etapa andariega, por salud, por placer y por estética, usease por cuestión bikini. Y empecé con mis paseos mañaneros. La verdad que es un gustazo, recién empieza la primavera salir a las ocho de la mañana, estrenando el día o como dice mi hermana, conocida aquí por Volty, abriendo la aldea. Sin darte cuenta cada vez andas más y más rápido. Es un poco complicado, porque yo vivo en una zona de cuestas y al principio "cuesta" mucho subirlas, por lo que hay que trazar un itinerario que te permita hacerlo al principio del paseo y poder relajarte después. Los primeros días te lo tomas en plan lúdico, disfrutas del paisaje, de los sonidos de los pájaros ligando, de las ardillas y sus correrías, porque por supuesto yo voy al monte, no me dedico a pasear por carreteras. Disfrutas de los colores, del amarillo del tojo y la xesta floreciendo, de los olores a campo, a estiercol fresco a veces, que aunque parezca lo contrario, no es un olor fétido. Todos los sentidos entran en juego. Pero, siempre hay un pero, empieza un buen día a roerte el gusanillo. Hagamos una pausa. El picor y el tamaño del gusanillo depende de cada uno. Hay personas que matan a su gusanillo con una onza de chocolate, o con una camiseta de Berska. Hay otras que necesitan un bolso de Prada o un kilo de turrón para acabar de rematarlo. Yo siempre digo que mi gusanillo es del tamaño del gusano de Dune, por lo que tengo que comer mucho queso, mucho dulce y salir muchas veces de compras con mi Pandilla. Pues bien, mi gusanillo comenzó a molestar. Ya que ando sin problemas, me hago los kilómetros que hagan falta sin cansarme demasiado y sin aburrirme, debería dar un paso adelante. Correr era sin duda el siguiente paso. Para colmo cayó en mis manos pecadoras el último libro de Murakami "De que hablo cuando hablo de correr" y definivamente acabé de convencerme. En mi edad adulta jamás había corrido, es más, pensaba que la gente estaba loca por hacer tamaño esfuerzo por la calle, hombre, con los buenos gimnasios que hay, en los que puedes llevar ropa de lo más glamurosa, correr por las calles con esas pintas horrrorosas. Porque en mi corta pero intensa experiencia, tengo observado que la ropa mona para correr no va conmigo, que mis zapatillas viejunas ya por el uso, mi sudadera de algodón roja y cuatro camisetas y un par de mallas cutres son sagradas y que no hay mañana plácida sin ellas. Y empecé a correr. Por supuesto me documenté antes. Para eso está internet. Al principio cuesta, te cansas, te ahogas, te sale el corazón por la boca mientras temes que no vuelva a entrar, pero una vez que coges el ritmo, la velocidad adecuada y te marcas unas metas se vuelve de lo más placentero. En primavera genial, en verano sudas más pero yendo muy temprano lo solucionas también. En otoño se empieza a complicar la cosa, pero cambias la mlla corta por la larga, la camiseta de tiras por la de manga y argucias parecidas. Pero empieza la lluvia y ante eso ya no hay que hacer. El paraguas no es práctico para correr y además es ridículo, sobre todo con viento. Y hoy llueve y mañana también y cuando te das cuenta pasan quince días y tienes que volver a ponerte en forma. A todo esto, yo como siempre, muy apresurada en todo y lo de los estiramientos no va conmigo, con lo que continuamente estoy con problemas en las rodillas. Hasta tuve que ir al médico, porque pensé que me había roto el menisco. Mi pomelo, mi hermana y todos mis familiares me dicen que con andar me llega, pero no, yo fiel a Murakami me grabé en mi cabeza las palabras que tiene dispuestas para su epitafio "Al menos aguantó sin caminar hasta el final", cuando me canso o empiezo a desfallecer las repito como un mantra y llego corriendo hasta casa, ante el asombro de mis vecinos que no pueden entender como una persona cabal puede volver a las nueve de la mañana sudorosa y agotada en vez de estar en la cama durmiendo. Ahora llevo varias semanas sin entrenar porque, sí ahora estoy entrenando. El otro día dije, en mi clase de inglés que me entreno para la maratón de Nueva York, pero en realidad lo estoy haciendo para la carrera popular que hay en septiembre en mi pueblo de nacimiento. A Nueva York hay que ir en avión, gastar unas pasta y correr una maratón de verdad y la carrera de mi pueblo son tres kilómetros, llegas en una hora y lo mejor de todo, le dan trofeos a todos lo corredores. Mi clase de inglés, esa es otra, pero de ella ya hablaré en el próximo capítulo.

miércoles, 24 de marzo de 2010

Cafés

Llegó la primavera y con ella los dolores de estómago, las alergias y la astenia. A mi las alergias no me afectan, porque aunque tengo muchos síndromes, alergias no tengo ninguna, porque el no comer marisco no es una alergia alimentaria es una asco psicológico que repercute en uno de mis síndromes. Pues eso, que como las golondrinas vuelvo a frecuentar lugares que tenía un poco abandonados este invierno, así retomo mi costumbre mañanera del café de mujeres. Aunque este invierno seguí tomando café a media mañana, lo hacía de modo más independiente, iba más tarde, quedaba con mi amiga, nos íbamos no sólo a la compra si no a veces a los mercadillos de lugares vecinos, es decir otro tipo de historia más lúdica y menos antropológica. Pero como el café de las diez y media se había convertido en café de las once con pastel, café de las doce con cruasan y agua de la una con nada (unos tacaños que no nos dan tapa), pues que no podía ser, que era excesivo, porque me criticaba mi envidiosa hermana, rabiosa por no poder recorrer los sesenta minutos que la separaban de mi disipada vida, el cotilla de Juan que seguía mis pasos a golpe de teléfono, mi mejor amiga que me llamaba al fijo por usar el teléfono del trabajo y no gastar en el móvil y nunca me encontraba en casa. Todos criticaban mis movimientos mañaneros, excepto por supuesto mi madre, a la que todas estas movidas encantaron la última temporada que pasó con nosotros, es más, se le hacían cortas y trataba de prolongarlas o de robarme la amiga, aunque de este tema hablaremos otro día. Pues como iba diciendo con la vuelta de la primavera, la marcha de mi madre y la proximidad del verano y la necesidad de bajar los tres kilos famosos de las festividades acumuladas de este invierno, decidí adelantar mi café, por lo que volví a la colación comunitaria. La verdad que no me defraudó nada este primer día de reunión. Cuando llegué ya había un grupo nutrido hablando de los hijos. Aquí fallo un poco, porque claro, como de eso nunca tuve, no puedo opinar mucho, aunque recurro a mi experiencia como tía y así cuento las gracias o desgracias de mis sobrinas y si no hay nada que contar, pues lo invento, porque como ya comenté en otra entrada que hice sobre este tipo de reuniones, si quieres obtener información, hay que aportar alguna también. Y si no que se lo cuenten a mi nueva adquisición. Con esto de la crisis, hay que pensar en ponerle tapas a los zapatos, porque al no comprar tantos se usan más los que ya se tienen, por lo que las suelas se gastan y hay que ponerle tapas. Pregunté por tanto, por un zapatero, en la reunión mañanera. Me indican dónde es, es decir, la casa que está la lado de la de no se quien, más conocido por no sé como, que tiene un "cancelo" marrón. ¿Tiene letrero en la puerta? pregunto yo, como haría cualquier persona civilizada, carcajada general y "ten letreiro, disque","está no cuberto e jrasias". Decidí que lo mejor era preguntar en el super dónde compro muchas veces y que queda por la zona. Me indicaron perfectamente dónde era y mientras yo iba me cortaron el jamón, me pesaron la fruta y me metieron todo en mi bolsa preciosísima de dibujo de verduras, regalo de mi sobrina La Mayor. Pues me voy al zapatero con mis botas preferidas. Es un señor mayor, rodeado de gomas, puntas, hormas, bolsas de plástico llenas de cosas, en un cubículo de muy pocos metros cuadrados, no podría precisar cuantos porque calculo tan mal, que una vez traté de meter en lo que yo pensaba era un buen salón, "porque vacíos los espacios parecen más pequeños" un tresillo (de aquella se decía tresillo, algunos, que otros decían trisillo), la mesa de la tele, un rincón de lectura, una mesa de comedor para ocho personas, varias estanterías, una mesa de trabajo y un equipo de música de los de antes dentro de uno de aquellos muebles horrorosos negros y con cristal ahumado, que nunca supe por qué tenía que ser ahumado ¿le daba vergüenza al tocadiscos que lo vieran?. La mesa de billar no, porque no la tenemos, me dijo el Pomelo, tras mostrarme que en quince metros cuadrados no caben todos esos muebles ni unos encima de otros. Por todo esto, no puedo especificar con precisión cuanto mide el cubículo del carpintero, sí decir que no es el "cuberto" entero, porque al lado hay una puerta a través de la cual vi a la mujer haciendo la comida. Pues bien, después de los buenos días, enseñarle las botas, explicarle lo que quería vino la parte técnica, qué tipo de goma para la suela y la urgencia del encargo. El zapatero ya me conquistó por supuesto. Por la tarde me las da si yo quiero. Así da gusto, porque no es un mostrador de un centro comercial dónde te ponen las tapas en un cuarto de hora, pegadas con una cola moderna sin mayor encanto. No, aquí es un trabajo artesanal, hecho a conciencia, en un lugar con un olor a caucho inigualable. Pero no quedó ahí la cuestión. Porque no sólo es solar unas botas, para hacerlo hay que saber la procedencia de las mismas. Con eso no me refiero a dónde las compré, no, se trata de saber a quien pertenecen. Es decir, le tuve que explicar dónde vivo, a quien le compré la casa, cuantos años llevo viviendo aquí etc etc etc. Ya lo echaba yo de menos, notaba que algo faltaba en mi vida ultimamente y era esto, un zapatero como es debido. El anterior que tuve, en mi antiguo lugar de residencia, era muy peculiar también. Trabajaba en un sitio muy parecido al de éste, aunque el otro estaba en una calle de un pueblo. También tenía una mujer vestida de negro que me miraba desde una cocina al lado del despacho de zapatos, también tenía gafas y era preguntón. Con el antiguo tenía más confianza ya que llevábamos años. Me arreglaba los zapatos como yo quería y charlábamos un ratito cuando los iba a recoger, me contaba los problemas de fontanería que tenían en su casa, como la bañera del único baño de la casa, que perdía por falta de uso, ya que solamente era utilizaba por el hijo cuando iba a verlos. Ya sé que de momento no voy a tener tanta intimidad con este zapatero, pero creo que con el tiempo podremos mantener una buena relación y que algún día su mujer me enseñará la cocina principal. Pero de momento no quiero hacerme ilusiones y mañana iré a buscar las botas y a ver que sucede. Por lo pronto me dijeron que es un poco "careiro", pero a eso ya estoy acostumbrada, porque el otro también lo era, aunque bueno, ¿qué es un euro de más comparado con lo que me aportan? La gente que no sabe apreciar lo que nos da la vida. Pero a lo que iba, la conversación mañanera. Hablaban de los hijos, pero para variar, no hablaban de lo malos que son los profesores o de lo maravillosos que son los nietos, sino de los nombres. Cuando de las Marías de los Dolores, de los Consuelos o de los Remedios se pasó a nombres más sonoros, más modernos y en muchos casos a más internacionales comenzaron los problemas. Vivo en una localidad en la que se habla mayoritariamente gallego y en una zona de gheada y seseo. Timidamente empezaron a aparecer Patrisias, Jabrieles y Serguios, pero hasta aquí era bueno de llevar, porque al fin y al cabo se entendían bien, porque es sabido que el el problema empezaba cuando se metían por el medio "los normativos" que cuando querían una lechuga pedían una leituga y obtenían la revista "lecturas". Pero el tema se complicó cuando se pasó a los compuestos y aparecieron los Fransiscos Gabieres y los Sesar A justo, aunque el no va más fue la sustitución de las Armónicas por Mónicas y las Mayonesas por Vanessas. Pero les estuvo muy bien a esos padres pretenciosos que trataron de distinguir primero a sus hijos y después a sus nietos de los demás. Por fortuna después vinieron los nombres en gallego, la mayoría de los cuales sí se sabían pronunciar, aunque lo más penoso de todo fue que quienes primero hicieron uso de ellos fueron castellano parlantes que venían de veraneo y fíjate tú, que no sabían pronunciar correctamente la x, con lo cual nuestro Xan pasó a ser San, Uxía a ser Usía y Xurxo algo tan complicado como el siseo de una cascabel. Pero bueno, el tiempo, la democracía y la buena convivencia hicieron que se fueran aprendiendo nuevas costumbres y se toleraran las viejas, con lo cual de nuevo vuelve a haber, Manolos, Remes, Mónicas, Xelos, Olaias y Cármenes en parques infantiles o playas, perfectamente pronunciados, unidos por supuesto, a los Cristales, Davinias y Ramiro Manuel que nos dejaron los seriales televisivos. Pero bueno, si el nombre es lo de menos, que después te lo van a sustituir por el diminutivo más absurdo o el apodo más tonto, sea tu madre llamándote Bebé cuando tienes bigote o tu novia llamándote Cari delante de los amigos. Pues eso, que total si vamos a usar el nombre de nuestro perro, o traducir el propio a klingon, o el de nuestro personaje de novela, de película o serie favorito para buscar un nick y firmar un blog, chatear o buscar un noviete por internet, que más da que nuestra abuela no sepa pronunciar nuestro nombre de pila o de registro civil. Que a mi el diminutivo me lo usarán en mi pueblo de nacimiento hasta que me muera, así tenga noventa años, use bigote y le de bastonazos a los niños por la calle. Y si no estoy contenta, lo que me queda será empachar a pastillas, que fue como describieron hoy el intento de suicidio de un pobre desgraciado al que le pesaba la vida. Por cierto, Caaal, haz que me depilen en el asilo.

domingo, 21 de febrero de 2010

Rosquillas

Pues que me moría por comer rosquillas, esas rosquillas de masita de freír y que saben a anís y que mucha gente hace por Carnavales. Bueno, creo que todo el mundo menos yo, porque como mi madre nunca las hacía pues yo tampoco. Pues eso, que me moría por comerlas y como no tengo quien me las haga pues las tuve que hacer yo misma. La verdad es que me salen muy buenas, pero tengo un problema muy gordo. Se rompen por la unión. Es decir, se hace una tira, se dobla y se unen los extremos, como una pescadilla que se muerde la cola, pobres, con su cabecita y sus ojos mirándonos y con esas mandíbulas agarrando el rabo, que me dan una pena terrible. Yo no las hago, porque ya es de todos conocidos que pezqueñines, no gracias, debes dejarlos crecer. Pero hay quien los compra, sin ir más lejos, una de mis amigas me dice el otro día, llevo aquí unas cariocas en dos bolsas, porque mi pescadera no quiere que se vean. Indignante, ya le dije que la iba a denunciar a ella y a su pescadera, a la que jamás volveré a comprar, si no las tiraba pero lo cierto que no me hizo caso y se las preparó para comer. Pero yo estaba hablando de las rosquillas. Que es cuestión de maña o de algo parecido, porque por mucho que las apriete, retuerza o pise con un tenedor, se siguen rompiendo. Ya probé a hacer un bollito y con un dedo hacer el agujero, pero no, no quedan igual y además es un coñazo. Por tanto hoy opté por hacer palitos, pero claro, entonces hay que responder a muchas preguntas. ¿Qué haces?, me dice mi madre que está pasando una temporada con nosotros. Rosquillas, contesto, no dice nada, pero me mira. ¿Qué hay de postre, pregunta Juan porque entra en la cocina y huele el anís. Rosquillas, contesto, estoy haciendo la masa . Pero cuando ya comidos llevo el postre a la mesa, vuelve a preguntar lo mismo, ¿Qué hay de postre?, rosquillas, ya te lo dije antes. Las mira. Por un momento piensa que el anís no estaba en la masa, sino en un copazo que me ayudaba a cocinar, pero sin pestañear, vuelve a preguntar ¿son estas? yo le digo, sí. Y las comemos. Buenísimas, como siempre. Además sucede que la aficionada a las masas, como toda la familia de mi padre, a la que también ha salido mi sobrina La Mayor, soy yo, por lo que me paso la tarde subiendo y bajando a la cocina al plato de rosquillas que me zampo enterito. Alguien pensará que sería más práctico subirlo, pero no, de esa manera pienso que con el trasiego de las escaleras perderé alguna de las calorías que ingiero. Pero vayamos al problema que nos ocupa. La forma de las rosquillas, a partir de hoy rosquilas redondas o rosquillas palo, que decididamente no me sale. Es como los regalos de Navidad, es decir, el problema de los paquetes. Mucha gente hace maravillas, si ir más lejos Volty. No le valen, hombre, los que te ponen en las tiendas, que para algo son profesionales, que zapatero con minúscula, a tus zapatos, que es a lo que se dedican, caramba, a vender y empaquetar. Pues no, ella hace mil filigranas. Un año hasta unas cajas customizó y qué cajas, que preciosas están para guardar cosas. Y a los regalos les añade piruletas y golosinas, todo en un revoltijo preciosísimo. Pero yo no, la verdad es que soy desastrosa. Todos los años compro papeles de regalo, cintas y escarapelas con la intención de hacer yo lo mismo. El problema empieza al cortar el papel. Hay que cortarlo sin que queden las marcas de los tijeretazos, que vaya derecho y que no se rasgue ni arrugue. Pues no. A mi por alguna razón se me tuerce y se agurruña. Una tarde entera me la paso luchando, ahora falta papel, tira un pliego, éste quedó escaso, tampoco sirve, que el rotulador no se ve en este papel, que es del mismo color. Porque esa es otra, las dichosas etiquetas para poner el nombre. Nunca sé dónde las venden y si las encuentro después no sé en qué sitio pegarlas, con lo cual vuelven a quedar fatal. A veces el Pomelo se compadece y me hace unos paquetes maravillosos, que por supuesto no cuela que yo sea su autora, con lo cual sigo quedando fatal. Y la verdad que me da pena, porque me encantaría hacer unos bonitos paquetes de regalo, pero bueno, si al final lo que importa es lo que hay dentro no sé por qué hay que darle tantas vueltas. Y este año sucedió lo mismo. Pero es yo creo que fue rizar el rizo o planchar lo alisado, que se lleva más. Mis paquetes como siempre, penosos. Pero los de ya se sabe quien, aquello era algo nunca visto. Papeles lisos y atados todos juntos con un cordón plateado y el remate final, una esponja de baño de colorines, una con un coche, otra un barquito... Algo que de verdad, digno de fotografiarse, pero no, todos como aves de rapiña, a abrir los regalos, por lo que no dio tiempo a la foto, que yo decía, que esperéis un poco, que quiero una foto, pero nada, que si te descuidabas te abrían los tuyo y se apropiaban de todo, que son buenos. En conclusión, que como todos ya sabéis, el interior es lo que cuenta, sea de las rosquillas, los paquetes de regalo o las personas, aunque las rosquillas redondas, los regalos bien presentados o un hombre bueno e inteligente, pero con la cara de Brad Pitt, el cuerpo de Cristiano Ronaldo y la Visa de un emir están mucho mejor.

lunes, 15 de febrero de 2010

Kilos y años

Mi sobrina La Mayor, es un poco obsesiva con la privacidad, por lo que nunca deja que cuelgues una fota suya en internet. Su madre, en cambio, dice que si está favorecida, no le importa, a lo que su hija le contesta que nunca se sabe si usaran esa foto para el antes del después. Su madre le responde, que jamás le sucederá, que ella siempre sería el después, a lo que su primogénita apostilla que cuando la autoestima llega hasta el techo hay que tener cuidado de que no se desplome y llegue al sótano. Pero no hay por que ponerse tan dramáticos. Yo, antes de Navidad, pesaba tres kilos menos, después son tres más. Antes de Carnavales, pesaré tres menos de lo que pesaré después. Pero viene la Semana Santa y me pasará lo mismo. Con lo cual la pregunta es ¿Cuantos kilos pesaré antes del verano? y si gano otros tres, como en cada puente, vacación o celebración, cuando lleguen las próximas Navidades, ¿Qué será de mi? Es horroroso porque la figura maravillosa, o a mi me lo parece, que conservé todos estos años de repente ya no existe, soy un amasijo de grasa porque unicamente gané tres kilos en Navidades. ¿Hay injusticia mayor? Es decir, si pongo una foto mía de noviembre, la foto del antes, y otra de noviembre del año que viene, es decir, la foto del después, me separarán un montón de kilos, que en realidad sólo serán tres, pero multiplicados por todas las festividades del año. Terrible, si lo pensamos. Pero este antes y este después están a la inversa. Cuando se prometen milagros no es en este orden, sino el contrario. Con lo cual, mi foto del antes sería la del 2010 y la del después la del 2009, para que después te fíes de la publicidad, por algo dicen que es engañosa. Cambiaron el orden cronológico de mis fotos y se quedaron tan anchos, porque que yo sepa, la máquina del tiempo se quedó en la novela y las pelis, porque nadie hasta ahora consiguió viajar en ella y que me expliquen como alguien, los publicistas, se hicieron con unas fotos que ni siquiera me hice. Concluyendo, que mi sobrina es una inventadora de leyendas urbanas, porque nadie se apropia de tus fotos para esos menesteres y que mi pobre Juan no hace ningún mal colgando algún que otro retrato. Pero esa es otra. Si te paras a mirar en las fotos de toda tu vida, sobre todo cuando tienes una edad, te das cuenta que aunque te reconozcas en ellas, porque vamos ni estás pedo ni tienes tan mal la vista, sí te sucede una cosa, que resulta que te percatas de que el espejo te engaña, porque la de las fotos no eres tú. Vamos, que salvo alguna arruga que, bueno, hace unos años no estaba y la caída de la cara, de la que creo haber hablado en otra entrada, más o menos tú te encuentra como siempre. Hombre, no como cuando hiciste la primera comunión, que en aquel entonces todos los niños la hacíamos, pero más o menos como fuiste siempre desde que ingresaste en la edad adulta. Pues no, siento decir que no es así, pero ni remotamente. Puedes mirar las fotos de cuando estabas en la Universidad y verás que no, que esa cara no es la tuya. Mira después la de la boda, que también por aquella época nos casábamos todos, y verás que pasa lo mismo, aunque bueno, no mires para el traje si te casaste en los ochenta como yo, porque, ¡qué daño a la retina pueden hacer aquellas hombreras!, que barbaridad. Pues tengo que repetir mil veces que no, que la de las fotos no eres tú, que tú eres la que está en el espejo ahora, vamos, que no vale la pena retratarse, porque si trato de recordar mi pasado, me veo a mi misma con la cara de ahora. Por lo cual, no creas como hice yo a una antigua compañera de bachillerato que me encontré hace poco, después de veinte años sin vernos, que no se cansaba de repetir estás igual que siempre, porque es falso. No le creas a quien te diga que tienes la misma cara que cuando eras pequeña porque no es cierto, ni a tu chico que te dice que tienes la misma sonrisa que cuando te conoció. La de las fotos y tú sois dos personas distintas, por mucho que te pese. Así que ya sabes, cuando preguntes espejito, espejito, quien es la más guapa del reino, no esperes que te conteste, Blancanieves, no, porque Blancanieves ya creció y se convirtió en bruja, que es como nos sentimos las mujeres de cierta edad, cuando miramos las fotos del pasado.

martes, 8 de diciembre de 2009

Ejercicio II

Ya se sabe, todo es cuestión de modas y en los pueblos sucede lo mismo. Pero no voy a hablar de que los chavales usen calzoncillos debajo del bañador en la playa. No, eso lo haré en otra ocasión. Esto va de ejercicio físico, pero hay que tener un poco de paciencia. Primero fueron los paseos marítimos, que no hay pueblo costero que se precie que no lo tenga, aunque no lo utilice nadie, aunque el mar lo barra de lado a lado, porque muchas veces son pasillos, no paseos, o que se pudran, como en mi pueblo de adopción, y te rompas la crisma cada vez que intentas hacer lo que su nombre indica, pasear por él. Si no hay mar, pues hay río y también se hace paseo marítimo y ruta de senderismo, esa es otra, que las rutas te llevan a veces a una carretera y tú preguntas, pero bueno, ¿qué había qué ver aquí? Pues nada, que se hace camino al andar y sólo se trataba de andar, no de ver nada. Que también somos a veces de un exigente...Pues eso, que después de los paseos vinieron las piscinas. Nada que ver, porque son de lo más práctico. En el mar es imposible bañarse, ni en invierno ni en verano, cuando pasas de los catorce años. Todos sabemos la razón. El agua. No es que esté contaminada, no, es simplenmente porque está helada. Cuando eres niño no te enteras. Es como con los Reyes Magos o el Ratoncito Pérez. Cuestión de fé. Miras al mar y piensas, toda esta inmensidad está aquí para que yo, niño afortunado, me pueda bañar. Y lo haces y disfrutas. Pero cuando vas creciendo y dejas de creer en lo Reyes, en los Magos y en los otros, te das cuenta que el mar es para mirarlo, para admirarlo, para que salga la vena poética e incluso para pescar mientras queden pescados y, como mucho, para mojarte los pies y eso con precaución, que los sabañones están haciendo guardia para poseer nuestros dedos, en nuestro idioma autóctono, dedas. Y hete aquí que a alguien se le ocurrió lo de las piscinas. Y pasamos de no tener ninguna a que cada pueblo tenga la suya. Pues todos a bañarse. Pero claro, antes hay que aprender a nadar, porque aunque parezca una obviedad que quien tiene mar sabe nadar, pues es falso. Pero ahora no voy a comentar las razones antropólógicas de por qué en los pueblos marineros hay varias generaciones de hombres y mujeres que no saben hacerlo. No lo voy a hacer, no porque no lo sepa, que lo sé, sino porque no me apetece nada y sería de lo más aburrido. No, voy a hablar de ejercicio físico, leñe. Hombre, que ya tenemos piscina, me dice Pomelo un día de invierno. Ya, le contesto, pero me da pereza. Pues no, que al final me dejé convencer y acabé con mis huesos recubiertos de carne, ultimamente más, que estoy engordando, en el Decathlon para aprovisionarme del equipo de baño adecuado y de paso para una comida de La Pandilla. Pues que si la matrícula y el bono familiar, que para eso somo quienes somos y el carro siempre antes que los bueyes, o como sea el refrán, que cada vez se está complicando más esto. Pues a nadar. Pero había un problema. El Pomelo, que no sabía. Sus razones no tienen nada que ver con las históricas, no, era un problema de timidez. Y por no enseñar la cara, pues que aprendió a bucear y le llegó. Pero para la piscina eso no valía, porque sumergirte con un tubo y dedicarte a hacer largos por debajo del agua, quedaba feo, es más, hasta alguna señora te puede dar golpes con el gorro y llamarte pervertido. Pues que tengo que aprender, me dice. Y ni corto ni perezoso se apunta a un curso de aprendizaje. Pero claro, no todo podía ser tan sencillo. Resultó ser el único hombre en medio de tropecientas marujonas entradas en carnes y en años. Me preguntareis, y si no lo haceis hacemos como si tal, ¿y los hombres que nombrabas que nunca aprendieron? Pues no están en el curso, por supuesto, que antes ahogados que pasar por la vergüenza de reconocer su ignominia. Pero mi Pomelo no. Con dos .... flotadores, digamos. Ni siquiera le amilanó ser el más burro de la clase, porque sus compañeras ya llevaban varios cursos intensivos. Y poquito a poco aprendió a nadar. Y a renadar, porque siempre fue muy exagerado y ahora nada mejor que yo, que el idiota que se reía de verlo en la calle de los iniciandos y si me descuido casi mejor que el monitor, que para eso se bajó miles de videos y se compró otros tantos libros del arte de nadar. Y cuando ya estábamos satisfechísimos, porque ya íbamos a cursos de perfeccionamiento, a quedar con los compis de cursillo y a saber todos los cotilleos, nos cierran la piscina. Ahora la abrieron de nuevo, pero perdimos el ritmo y aunque llevamos pagando seis meses rigurosamente las cuotas, todavía no empezamos la nueva andadura, mejos dicho, nadadura. Ocasionalmente voy yo alguna manaña, pero hay un problema. Que las mañanas están llenas de jubilados desocupados que no saben en qué pasar el tiempo y ocupan las calles y te dan conversación y quieren hacer peña y no, yo voy a hacer ejercicio...y a contemplar al nadador solitario de bañador mínimo y espaldas anchas que ocupa la calle central, la de nado rápido, que me hace desear el tubo de buceo de mi Pomelo.

sábado, 28 de noviembre de 2009

Ejercicio

Dicen que el ejercicio físico es fundamental para la buena salud física y mental, así como básico para mantener un cuerpo flexible y firme. Pues hasta tendrán razón y todo. Lo que está claro es que unos nacen para sacrificarse y disfrutar con ello, es decir, masoquistas y otros para cultivar la buena mesa y el descanso. Pero como al fin y al cabo recibí una educación cristiana, pues no me quedó más remedio que enfrentarme al hecho de que hay, de una manera o de otra, que mortificarse. Este convencimiento me vino con los años, parejo a la decrepitud de mi físico. Fui de las pocas personas que suspendían gimnasia y no por ser excesivamente torpe, sino porque aquello me parecía un horror, que si volteretas laterales, que si saltar el plinton, aquel instrumento de tortura lleno de cajones, que si la barra de equilibrio y lo peor de todo, el pino, en que dos de tus compañeras te sujetaban la piernas allá arriba y tú cabeza abajo.... Es decir, yo que cada vez le tengo más miedo al avión por no poder ser el piloto, ¿iba a consentir, en una posición que desafía a la gravedad de esa manera, perder el control para dejárselo a dos condiscípulas? ¿y si les caía mal?¿y si les daba un mareo? Hombre ya, acabar con la cabeza contra el suelo y reventar como una cidra cualquiera, no faltaría más. Por todo ello se amargaron mis días de instituto. Hacerme un esguince en un pie es lo que deseaba más en el mundo. A todo esto, vestida con un horroroso chandal como de espuma. Ahora si lo pienso, no estaba mal el diseño, muy setentero, pero el tejido..., se pegaba a todas partes y al mismo tiempo quedaba rígido, frío, tan sintético que da dentera pensárselo y de color azul marino con una raya blanca en el pantalón y dos en el cuello de la chaqueta. A todo esto cámbiate en unos vestuarios gélidos, eso en la segunda época de mi bachillerato, que en la primera teníamos una habitación de una especie de garaje. Una tortura. Lo que no sé es lo que llevábamos en los pies. En cuanto pude me olvidé de todo esto. Pero hete aquí que vienen los años noventa y con ellos la moda de los gimnasios y de estar tonificado, delgado y duro. Allá me fui al gimnasio. No contaré que fue un éxito, que me reconcilié con el ejercicio físico, y que esculpí mi cuerpo como una modelo, bueno no hay que exagerar, pero vamos, que me sentó de maravilla. Claro, nada que ver con el chandal de espuma. Por aquel entonces se llevaban las mallas de licra. Un poema. Qué monos eran mis conjuntos. Malla entera con body-tanga por encima. Malla a la cintura con body de cuello alto en azul eléctrico. Y varios así. No tengo fotos, mejor. Fueron unos buenos años, en los que hice buenas amistades y descubrí que un abdomen liso es bueno para todo, hasta para entrar en quirófano en la camilla, no de cirujano que por ver Anatomía de Grey no te dan el título. Pero el gimnasio cerró, por lo que me quedé sin mis horas de ejercicio, aunque bueno, yo tenía a mi primera perra, por lo que daba grandes paseos por el monte. Como no quiero aburrir, diré que cuando me quedé sin la ultima perra, porque mi mala suerte con los animales es proverbial, se acabó mi etapa andariega. Únicamente los paseos por la playa en verano, esos paseos que tanto añoro ahora en invierno, con buena lectura y accidentes digitales. Pero en mi horizonte deportivo aparece la piscina. Pero esto se está haciendo muy largo y lo dejaré para otro día, porque lo de la piscina no tiene desperdicio. Pero, ¿dónde se vio que entre largo y largo tengas que saludar? Que me están volviendo loca estos jubilados.