miércoles, 24 de marzo de 2010

Cafés

Llegó la primavera y con ella los dolores de estómago, las alergias y la astenia. A mi las alergias no me afectan, porque aunque tengo muchos síndromes, alergias no tengo ninguna, porque el no comer marisco no es una alergia alimentaria es una asco psicológico que repercute en uno de mis síndromes. Pues eso, que como las golondrinas vuelvo a frecuentar lugares que tenía un poco abandonados este invierno, así retomo mi costumbre mañanera del café de mujeres. Aunque este invierno seguí tomando café a media mañana, lo hacía de modo más independiente, iba más tarde, quedaba con mi amiga, nos íbamos no sólo a la compra si no a veces a los mercadillos de lugares vecinos, es decir otro tipo de historia más lúdica y menos antropológica. Pero como el café de las diez y media se había convertido en café de las once con pastel, café de las doce con cruasan y agua de la una con nada (unos tacaños que no nos dan tapa), pues que no podía ser, que era excesivo, porque me criticaba mi envidiosa hermana, rabiosa por no poder recorrer los sesenta minutos que la separaban de mi disipada vida, el cotilla de Juan que seguía mis pasos a golpe de teléfono, mi mejor amiga que me llamaba al fijo por usar el teléfono del trabajo y no gastar en el móvil y nunca me encontraba en casa. Todos criticaban mis movimientos mañaneros, excepto por supuesto mi madre, a la que todas estas movidas encantaron la última temporada que pasó con nosotros, es más, se le hacían cortas y trataba de prolongarlas o de robarme la amiga, aunque de este tema hablaremos otro día. Pues como iba diciendo con la vuelta de la primavera, la marcha de mi madre y la proximidad del verano y la necesidad de bajar los tres kilos famosos de las festividades acumuladas de este invierno, decidí adelantar mi café, por lo que volví a la colación comunitaria. La verdad que no me defraudó nada este primer día de reunión. Cuando llegué ya había un grupo nutrido hablando de los hijos. Aquí fallo un poco, porque claro, como de eso nunca tuve, no puedo opinar mucho, aunque recurro a mi experiencia como tía y así cuento las gracias o desgracias de mis sobrinas y si no hay nada que contar, pues lo invento, porque como ya comenté en otra entrada que hice sobre este tipo de reuniones, si quieres obtener información, hay que aportar alguna también. Y si no que se lo cuenten a mi nueva adquisición. Con esto de la crisis, hay que pensar en ponerle tapas a los zapatos, porque al no comprar tantos se usan más los que ya se tienen, por lo que las suelas se gastan y hay que ponerle tapas. Pregunté por tanto, por un zapatero, en la reunión mañanera. Me indican dónde es, es decir, la casa que está la lado de la de no se quien, más conocido por no sé como, que tiene un "cancelo" marrón. ¿Tiene letrero en la puerta? pregunto yo, como haría cualquier persona civilizada, carcajada general y "ten letreiro, disque","está no cuberto e jrasias". Decidí que lo mejor era preguntar en el super dónde compro muchas veces y que queda por la zona. Me indicaron perfectamente dónde era y mientras yo iba me cortaron el jamón, me pesaron la fruta y me metieron todo en mi bolsa preciosísima de dibujo de verduras, regalo de mi sobrina La Mayor. Pues me voy al zapatero con mis botas preferidas. Es un señor mayor, rodeado de gomas, puntas, hormas, bolsas de plástico llenas de cosas, en un cubículo de muy pocos metros cuadrados, no podría precisar cuantos porque calculo tan mal, que una vez traté de meter en lo que yo pensaba era un buen salón, "porque vacíos los espacios parecen más pequeños" un tresillo (de aquella se decía tresillo, algunos, que otros decían trisillo), la mesa de la tele, un rincón de lectura, una mesa de comedor para ocho personas, varias estanterías, una mesa de trabajo y un equipo de música de los de antes dentro de uno de aquellos muebles horrorosos negros y con cristal ahumado, que nunca supe por qué tenía que ser ahumado ¿le daba vergüenza al tocadiscos que lo vieran?. La mesa de billar no, porque no la tenemos, me dijo el Pomelo, tras mostrarme que en quince metros cuadrados no caben todos esos muebles ni unos encima de otros. Por todo esto, no puedo especificar con precisión cuanto mide el cubículo del carpintero, sí decir que no es el "cuberto" entero, porque al lado hay una puerta a través de la cual vi a la mujer haciendo la comida. Pues bien, después de los buenos días, enseñarle las botas, explicarle lo que quería vino la parte técnica, qué tipo de goma para la suela y la urgencia del encargo. El zapatero ya me conquistó por supuesto. Por la tarde me las da si yo quiero. Así da gusto, porque no es un mostrador de un centro comercial dónde te ponen las tapas en un cuarto de hora, pegadas con una cola moderna sin mayor encanto. No, aquí es un trabajo artesanal, hecho a conciencia, en un lugar con un olor a caucho inigualable. Pero no quedó ahí la cuestión. Porque no sólo es solar unas botas, para hacerlo hay que saber la procedencia de las mismas. Con eso no me refiero a dónde las compré, no, se trata de saber a quien pertenecen. Es decir, le tuve que explicar dónde vivo, a quien le compré la casa, cuantos años llevo viviendo aquí etc etc etc. Ya lo echaba yo de menos, notaba que algo faltaba en mi vida ultimamente y era esto, un zapatero como es debido. El anterior que tuve, en mi antiguo lugar de residencia, era muy peculiar también. Trabajaba en un sitio muy parecido al de éste, aunque el otro estaba en una calle de un pueblo. También tenía una mujer vestida de negro que me miraba desde una cocina al lado del despacho de zapatos, también tenía gafas y era preguntón. Con el antiguo tenía más confianza ya que llevábamos años. Me arreglaba los zapatos como yo quería y charlábamos un ratito cuando los iba a recoger, me contaba los problemas de fontanería que tenían en su casa, como la bañera del único baño de la casa, que perdía por falta de uso, ya que solamente era utilizaba por el hijo cuando iba a verlos. Ya sé que de momento no voy a tener tanta intimidad con este zapatero, pero creo que con el tiempo podremos mantener una buena relación y que algún día su mujer me enseñará la cocina principal. Pero de momento no quiero hacerme ilusiones y mañana iré a buscar las botas y a ver que sucede. Por lo pronto me dijeron que es un poco "careiro", pero a eso ya estoy acostumbrada, porque el otro también lo era, aunque bueno, ¿qué es un euro de más comparado con lo que me aportan? La gente que no sabe apreciar lo que nos da la vida. Pero a lo que iba, la conversación mañanera. Hablaban de los hijos, pero para variar, no hablaban de lo malos que son los profesores o de lo maravillosos que son los nietos, sino de los nombres. Cuando de las Marías de los Dolores, de los Consuelos o de los Remedios se pasó a nombres más sonoros, más modernos y en muchos casos a más internacionales comenzaron los problemas. Vivo en una localidad en la que se habla mayoritariamente gallego y en una zona de gheada y seseo. Timidamente empezaron a aparecer Patrisias, Jabrieles y Serguios, pero hasta aquí era bueno de llevar, porque al fin y al cabo se entendían bien, porque es sabido que el el problema empezaba cuando se metían por el medio "los normativos" que cuando querían una lechuga pedían una leituga y obtenían la revista "lecturas". Pero el tema se complicó cuando se pasó a los compuestos y aparecieron los Fransiscos Gabieres y los Sesar A justo, aunque el no va más fue la sustitución de las Armónicas por Mónicas y las Mayonesas por Vanessas. Pero les estuvo muy bien a esos padres pretenciosos que trataron de distinguir primero a sus hijos y después a sus nietos de los demás. Por fortuna después vinieron los nombres en gallego, la mayoría de los cuales sí se sabían pronunciar, aunque lo más penoso de todo fue que quienes primero hicieron uso de ellos fueron castellano parlantes que venían de veraneo y fíjate tú, que no sabían pronunciar correctamente la x, con lo cual nuestro Xan pasó a ser San, Uxía a ser Usía y Xurxo algo tan complicado como el siseo de una cascabel. Pero bueno, el tiempo, la democracía y la buena convivencia hicieron que se fueran aprendiendo nuevas costumbres y se toleraran las viejas, con lo cual de nuevo vuelve a haber, Manolos, Remes, Mónicas, Xelos, Olaias y Cármenes en parques infantiles o playas, perfectamente pronunciados, unidos por supuesto, a los Cristales, Davinias y Ramiro Manuel que nos dejaron los seriales televisivos. Pero bueno, si el nombre es lo de menos, que después te lo van a sustituir por el diminutivo más absurdo o el apodo más tonto, sea tu madre llamándote Bebé cuando tienes bigote o tu novia llamándote Cari delante de los amigos. Pues eso, que total si vamos a usar el nombre de nuestro perro, o traducir el propio a klingon, o el de nuestro personaje de novela, de película o serie favorito para buscar un nick y firmar un blog, chatear o buscar un noviete por internet, que más da que nuestra abuela no sepa pronunciar nuestro nombre de pila o de registro civil. Que a mi el diminutivo me lo usarán en mi pueblo de nacimiento hasta que me muera, así tenga noventa años, use bigote y le de bastonazos a los niños por la calle. Y si no estoy contenta, lo que me queda será empachar a pastillas, que fue como describieron hoy el intento de suicidio de un pobre desgraciado al que le pesaba la vida. Por cierto, Caaal, haz que me depilen en el asilo.

domingo, 21 de febrero de 2010

Rosquillas

Pues que me moría por comer rosquillas, esas rosquillas de masita de freír y que saben a anís y que mucha gente hace por Carnavales. Bueno, creo que todo el mundo menos yo, porque como mi madre nunca las hacía pues yo tampoco. Pues eso, que me moría por comerlas y como no tengo quien me las haga pues las tuve que hacer yo misma. La verdad es que me salen muy buenas, pero tengo un problema muy gordo. Se rompen por la unión. Es decir, se hace una tira, se dobla y se unen los extremos, como una pescadilla que se muerde la cola, pobres, con su cabecita y sus ojos mirándonos y con esas mandíbulas agarrando el rabo, que me dan una pena terrible. Yo no las hago, porque ya es de todos conocidos que pezqueñines, no gracias, debes dejarlos crecer. Pero hay quien los compra, sin ir más lejos, una de mis amigas me dice el otro día, llevo aquí unas cariocas en dos bolsas, porque mi pescadera no quiere que se vean. Indignante, ya le dije que la iba a denunciar a ella y a su pescadera, a la que jamás volveré a comprar, si no las tiraba pero lo cierto que no me hizo caso y se las preparó para comer. Pero yo estaba hablando de las rosquillas. Que es cuestión de maña o de algo parecido, porque por mucho que las apriete, retuerza o pise con un tenedor, se siguen rompiendo. Ya probé a hacer un bollito y con un dedo hacer el agujero, pero no, no quedan igual y además es un coñazo. Por tanto hoy opté por hacer palitos, pero claro, entonces hay que responder a muchas preguntas. ¿Qué haces?, me dice mi madre que está pasando una temporada con nosotros. Rosquillas, contesto, no dice nada, pero me mira. ¿Qué hay de postre, pregunta Juan porque entra en la cocina y huele el anís. Rosquillas, contesto, estoy haciendo la masa . Pero cuando ya comidos llevo el postre a la mesa, vuelve a preguntar lo mismo, ¿Qué hay de postre?, rosquillas, ya te lo dije antes. Las mira. Por un momento piensa que el anís no estaba en la masa, sino en un copazo que me ayudaba a cocinar, pero sin pestañear, vuelve a preguntar ¿son estas? yo le digo, sí. Y las comemos. Buenísimas, como siempre. Además sucede que la aficionada a las masas, como toda la familia de mi padre, a la que también ha salido mi sobrina La Mayor, soy yo, por lo que me paso la tarde subiendo y bajando a la cocina al plato de rosquillas que me zampo enterito. Alguien pensará que sería más práctico subirlo, pero no, de esa manera pienso que con el trasiego de las escaleras perderé alguna de las calorías que ingiero. Pero vayamos al problema que nos ocupa. La forma de las rosquillas, a partir de hoy rosquilas redondas o rosquillas palo, que decididamente no me sale. Es como los regalos de Navidad, es decir, el problema de los paquetes. Mucha gente hace maravillas, si ir más lejos Volty. No le valen, hombre, los que te ponen en las tiendas, que para algo son profesionales, que zapatero con minúscula, a tus zapatos, que es a lo que se dedican, caramba, a vender y empaquetar. Pues no, ella hace mil filigranas. Un año hasta unas cajas customizó y qué cajas, que preciosas están para guardar cosas. Y a los regalos les añade piruletas y golosinas, todo en un revoltijo preciosísimo. Pero yo no, la verdad es que soy desastrosa. Todos los años compro papeles de regalo, cintas y escarapelas con la intención de hacer yo lo mismo. El problema empieza al cortar el papel. Hay que cortarlo sin que queden las marcas de los tijeretazos, que vaya derecho y que no se rasgue ni arrugue. Pues no. A mi por alguna razón se me tuerce y se agurruña. Una tarde entera me la paso luchando, ahora falta papel, tira un pliego, éste quedó escaso, tampoco sirve, que el rotulador no se ve en este papel, que es del mismo color. Porque esa es otra, las dichosas etiquetas para poner el nombre. Nunca sé dónde las venden y si las encuentro después no sé en qué sitio pegarlas, con lo cual vuelven a quedar fatal. A veces el Pomelo se compadece y me hace unos paquetes maravillosos, que por supuesto no cuela que yo sea su autora, con lo cual sigo quedando fatal. Y la verdad que me da pena, porque me encantaría hacer unos bonitos paquetes de regalo, pero bueno, si al final lo que importa es lo que hay dentro no sé por qué hay que darle tantas vueltas. Y este año sucedió lo mismo. Pero es yo creo que fue rizar el rizo o planchar lo alisado, que se lleva más. Mis paquetes como siempre, penosos. Pero los de ya se sabe quien, aquello era algo nunca visto. Papeles lisos y atados todos juntos con un cordón plateado y el remate final, una esponja de baño de colorines, una con un coche, otra un barquito... Algo que de verdad, digno de fotografiarse, pero no, todos como aves de rapiña, a abrir los regalos, por lo que no dio tiempo a la foto, que yo decía, que esperéis un poco, que quiero una foto, pero nada, que si te descuidabas te abrían los tuyo y se apropiaban de todo, que son buenos. En conclusión, que como todos ya sabéis, el interior es lo que cuenta, sea de las rosquillas, los paquetes de regalo o las personas, aunque las rosquillas redondas, los regalos bien presentados o un hombre bueno e inteligente, pero con la cara de Brad Pitt, el cuerpo de Cristiano Ronaldo y la Visa de un emir están mucho mejor.

lunes, 15 de febrero de 2010

Kilos y años

Mi sobrina La Mayor, es un poco obsesiva con la privacidad, por lo que nunca deja que cuelgues una fota suya en internet. Su madre, en cambio, dice que si está favorecida, no le importa, a lo que su hija le contesta que nunca se sabe si usaran esa foto para el antes del después. Su madre le responde, que jamás le sucederá, que ella siempre sería el después, a lo que su primogénita apostilla que cuando la autoestima llega hasta el techo hay que tener cuidado de que no se desplome y llegue al sótano. Pero no hay por que ponerse tan dramáticos. Yo, antes de Navidad, pesaba tres kilos menos, después son tres más. Antes de Carnavales, pesaré tres menos de lo que pesaré después. Pero viene la Semana Santa y me pasará lo mismo. Con lo cual la pregunta es ¿Cuantos kilos pesaré antes del verano? y si gano otros tres, como en cada puente, vacación o celebración, cuando lleguen las próximas Navidades, ¿Qué será de mi? Es horroroso porque la figura maravillosa, o a mi me lo parece, que conservé todos estos años de repente ya no existe, soy un amasijo de grasa porque unicamente gané tres kilos en Navidades. ¿Hay injusticia mayor? Es decir, si pongo una foto mía de noviembre, la foto del antes, y otra de noviembre del año que viene, es decir, la foto del después, me separarán un montón de kilos, que en realidad sólo serán tres, pero multiplicados por todas las festividades del año. Terrible, si lo pensamos. Pero este antes y este después están a la inversa. Cuando se prometen milagros no es en este orden, sino el contrario. Con lo cual, mi foto del antes sería la del 2010 y la del después la del 2009, para que después te fíes de la publicidad, por algo dicen que es engañosa. Cambiaron el orden cronológico de mis fotos y se quedaron tan anchos, porque que yo sepa, la máquina del tiempo se quedó en la novela y las pelis, porque nadie hasta ahora consiguió viajar en ella y que me expliquen como alguien, los publicistas, se hicieron con unas fotos que ni siquiera me hice. Concluyendo, que mi sobrina es una inventadora de leyendas urbanas, porque nadie se apropia de tus fotos para esos menesteres y que mi pobre Juan no hace ningún mal colgando algún que otro retrato. Pero esa es otra. Si te paras a mirar en las fotos de toda tu vida, sobre todo cuando tienes una edad, te das cuenta que aunque te reconozcas en ellas, porque vamos ni estás pedo ni tienes tan mal la vista, sí te sucede una cosa, que resulta que te percatas de que el espejo te engaña, porque la de las fotos no eres tú. Vamos, que salvo alguna arruga que, bueno, hace unos años no estaba y la caída de la cara, de la que creo haber hablado en otra entrada, más o menos tú te encuentra como siempre. Hombre, no como cuando hiciste la primera comunión, que en aquel entonces todos los niños la hacíamos, pero más o menos como fuiste siempre desde que ingresaste en la edad adulta. Pues no, siento decir que no es así, pero ni remotamente. Puedes mirar las fotos de cuando estabas en la Universidad y verás que no, que esa cara no es la tuya. Mira después la de la boda, que también por aquella época nos casábamos todos, y verás que pasa lo mismo, aunque bueno, no mires para el traje si te casaste en los ochenta como yo, porque, ¡qué daño a la retina pueden hacer aquellas hombreras!, que barbaridad. Pues tengo que repetir mil veces que no, que la de las fotos no eres tú, que tú eres la que está en el espejo ahora, vamos, que no vale la pena retratarse, porque si trato de recordar mi pasado, me veo a mi misma con la cara de ahora. Por lo cual, no creas como hice yo a una antigua compañera de bachillerato que me encontré hace poco, después de veinte años sin vernos, que no se cansaba de repetir estás igual que siempre, porque es falso. No le creas a quien te diga que tienes la misma cara que cuando eras pequeña porque no es cierto, ni a tu chico que te dice que tienes la misma sonrisa que cuando te conoció. La de las fotos y tú sois dos personas distintas, por mucho que te pese. Así que ya sabes, cuando preguntes espejito, espejito, quien es la más guapa del reino, no esperes que te conteste, Blancanieves, no, porque Blancanieves ya creció y se convirtió en bruja, que es como nos sentimos las mujeres de cierta edad, cuando miramos las fotos del pasado.

martes, 8 de diciembre de 2009

Ejercicio II

Ya se sabe, todo es cuestión de modas y en los pueblos sucede lo mismo. Pero no voy a hablar de que los chavales usen calzoncillos debajo del bañador en la playa. No, eso lo haré en otra ocasión. Esto va de ejercicio físico, pero hay que tener un poco de paciencia. Primero fueron los paseos marítimos, que no hay pueblo costero que se precie que no lo tenga, aunque no lo utilice nadie, aunque el mar lo barra de lado a lado, porque muchas veces son pasillos, no paseos, o que se pudran, como en mi pueblo de adopción, y te rompas la crisma cada vez que intentas hacer lo que su nombre indica, pasear por él. Si no hay mar, pues hay río y también se hace paseo marítimo y ruta de senderismo, esa es otra, que las rutas te llevan a veces a una carretera y tú preguntas, pero bueno, ¿qué había qué ver aquí? Pues nada, que se hace camino al andar y sólo se trataba de andar, no de ver nada. Que también somos a veces de un exigente...Pues eso, que después de los paseos vinieron las piscinas. Nada que ver, porque son de lo más práctico. En el mar es imposible bañarse, ni en invierno ni en verano, cuando pasas de los catorce años. Todos sabemos la razón. El agua. No es que esté contaminada, no, es simplenmente porque está helada. Cuando eres niño no te enteras. Es como con los Reyes Magos o el Ratoncito Pérez. Cuestión de fé. Miras al mar y piensas, toda esta inmensidad está aquí para que yo, niño afortunado, me pueda bañar. Y lo haces y disfrutas. Pero cuando vas creciendo y dejas de creer en lo Reyes, en los Magos y en los otros, te das cuenta que el mar es para mirarlo, para admirarlo, para que salga la vena poética e incluso para pescar mientras queden pescados y, como mucho, para mojarte los pies y eso con precaución, que los sabañones están haciendo guardia para poseer nuestros dedos, en nuestro idioma autóctono, dedas. Y hete aquí que a alguien se le ocurrió lo de las piscinas. Y pasamos de no tener ninguna a que cada pueblo tenga la suya. Pues todos a bañarse. Pero claro, antes hay que aprender a nadar, porque aunque parezca una obviedad que quien tiene mar sabe nadar, pues es falso. Pero ahora no voy a comentar las razones antropólógicas de por qué en los pueblos marineros hay varias generaciones de hombres y mujeres que no saben hacerlo. No lo voy a hacer, no porque no lo sepa, que lo sé, sino porque no me apetece nada y sería de lo más aburrido. No, voy a hablar de ejercicio físico, leñe. Hombre, que ya tenemos piscina, me dice Pomelo un día de invierno. Ya, le contesto, pero me da pereza. Pues no, que al final me dejé convencer y acabé con mis huesos recubiertos de carne, ultimamente más, que estoy engordando, en el Decathlon para aprovisionarme del equipo de baño adecuado y de paso para una comida de La Pandilla. Pues que si la matrícula y el bono familiar, que para eso somo quienes somos y el carro siempre antes que los bueyes, o como sea el refrán, que cada vez se está complicando más esto. Pues a nadar. Pero había un problema. El Pomelo, que no sabía. Sus razones no tienen nada que ver con las históricas, no, era un problema de timidez. Y por no enseñar la cara, pues que aprendió a bucear y le llegó. Pero para la piscina eso no valía, porque sumergirte con un tubo y dedicarte a hacer largos por debajo del agua, quedaba feo, es más, hasta alguna señora te puede dar golpes con el gorro y llamarte pervertido. Pues que tengo que aprender, me dice. Y ni corto ni perezoso se apunta a un curso de aprendizaje. Pero claro, no todo podía ser tan sencillo. Resultó ser el único hombre en medio de tropecientas marujonas entradas en carnes y en años. Me preguntareis, y si no lo haceis hacemos como si tal, ¿y los hombres que nombrabas que nunca aprendieron? Pues no están en el curso, por supuesto, que antes ahogados que pasar por la vergüenza de reconocer su ignominia. Pero mi Pomelo no. Con dos .... flotadores, digamos. Ni siquiera le amilanó ser el más burro de la clase, porque sus compañeras ya llevaban varios cursos intensivos. Y poquito a poco aprendió a nadar. Y a renadar, porque siempre fue muy exagerado y ahora nada mejor que yo, que el idiota que se reía de verlo en la calle de los iniciandos y si me descuido casi mejor que el monitor, que para eso se bajó miles de videos y se compró otros tantos libros del arte de nadar. Y cuando ya estábamos satisfechísimos, porque ya íbamos a cursos de perfeccionamiento, a quedar con los compis de cursillo y a saber todos los cotilleos, nos cierran la piscina. Ahora la abrieron de nuevo, pero perdimos el ritmo y aunque llevamos pagando seis meses rigurosamente las cuotas, todavía no empezamos la nueva andadura, mejos dicho, nadadura. Ocasionalmente voy yo alguna manaña, pero hay un problema. Que las mañanas están llenas de jubilados desocupados que no saben en qué pasar el tiempo y ocupan las calles y te dan conversación y quieren hacer peña y no, yo voy a hacer ejercicio...y a contemplar al nadador solitario de bañador mínimo y espaldas anchas que ocupa la calle central, la de nado rápido, que me hace desear el tubo de buceo de mi Pomelo.

sábado, 28 de noviembre de 2009

Ejercicio

Dicen que el ejercicio físico es fundamental para la buena salud física y mental, así como básico para mantener un cuerpo flexible y firme. Pues hasta tendrán razón y todo. Lo que está claro es que unos nacen para sacrificarse y disfrutar con ello, es decir, masoquistas y otros para cultivar la buena mesa y el descanso. Pero como al fin y al cabo recibí una educación cristiana, pues no me quedó más remedio que enfrentarme al hecho de que hay, de una manera o de otra, que mortificarse. Este convencimiento me vino con los años, parejo a la decrepitud de mi físico. Fui de las pocas personas que suspendían gimnasia y no por ser excesivamente torpe, sino porque aquello me parecía un horror, que si volteretas laterales, que si saltar el plinton, aquel instrumento de tortura lleno de cajones, que si la barra de equilibrio y lo peor de todo, el pino, en que dos de tus compañeras te sujetaban la piernas allá arriba y tú cabeza abajo.... Es decir, yo que cada vez le tengo más miedo al avión por no poder ser el piloto, ¿iba a consentir, en una posición que desafía a la gravedad de esa manera, perder el control para dejárselo a dos condiscípulas? ¿y si les caía mal?¿y si les daba un mareo? Hombre ya, acabar con la cabeza contra el suelo y reventar como una cidra cualquiera, no faltaría más. Por todo ello se amargaron mis días de instituto. Hacerme un esguince en un pie es lo que deseaba más en el mundo. A todo esto, vestida con un horroroso chandal como de espuma. Ahora si lo pienso, no estaba mal el diseño, muy setentero, pero el tejido..., se pegaba a todas partes y al mismo tiempo quedaba rígido, frío, tan sintético que da dentera pensárselo y de color azul marino con una raya blanca en el pantalón y dos en el cuello de la chaqueta. A todo esto cámbiate en unos vestuarios gélidos, eso en la segunda época de mi bachillerato, que en la primera teníamos una habitación de una especie de garaje. Una tortura. Lo que no sé es lo que llevábamos en los pies. En cuanto pude me olvidé de todo esto. Pero hete aquí que vienen los años noventa y con ellos la moda de los gimnasios y de estar tonificado, delgado y duro. Allá me fui al gimnasio. No contaré que fue un éxito, que me reconcilié con el ejercicio físico, y que esculpí mi cuerpo como una modelo, bueno no hay que exagerar, pero vamos, que me sentó de maravilla. Claro, nada que ver con el chandal de espuma. Por aquel entonces se llevaban las mallas de licra. Un poema. Qué monos eran mis conjuntos. Malla entera con body-tanga por encima. Malla a la cintura con body de cuello alto en azul eléctrico. Y varios así. No tengo fotos, mejor. Fueron unos buenos años, en los que hice buenas amistades y descubrí que un abdomen liso es bueno para todo, hasta para entrar en quirófano en la camilla, no de cirujano que por ver Anatomía de Grey no te dan el título. Pero el gimnasio cerró, por lo que me quedé sin mis horas de ejercicio, aunque bueno, yo tenía a mi primera perra, por lo que daba grandes paseos por el monte. Como no quiero aburrir, diré que cuando me quedé sin la ultima perra, porque mi mala suerte con los animales es proverbial, se acabó mi etapa andariega. Únicamente los paseos por la playa en verano, esos paseos que tanto añoro ahora en invierno, con buena lectura y accidentes digitales. Pero en mi horizonte deportivo aparece la piscina. Pero esto se está haciendo muy largo y lo dejaré para otro día, porque lo de la piscina no tiene desperdicio. Pero, ¿dónde se vio que entre largo y largo tengas que saludar? Que me están volviendo loca estos jubilados.

viernes, 27 de noviembre de 2009

Nostalgia

Parece ser que cuando te vas volviendo mayor, recuerdas con mayor precisión los aconteceres de tu vida. Yo tengo muy mala memoria, es más, no recuerdo casi nada. Tengo amigas que rememoran con total exactitud aquel día de verano, lo que llevabas puesto y el estado de la mar. Yo no, no sé si el día era lluvioso, si mi pantalón era vaquero o llevaba una de aquellas faldas largas indias que usé en los primeros años de mi juventud. Es más, ni recuerdo aquel día ni aquel verano ni nada que se le aproxime. Nunca me importó demasiado, nunca fui muy dada a recordar hasta que me volví "más mayor". Total que más daba, si contaba con aquellas amigas elefantes, no por su volumen, sino por su memoria. Siempre hay ayudas para los recuerdos. Las fotos, por ejemplo. Ahora con lo digital, no hay problema ninguno, tiras cien fotos y captas cada gesto, cada inflexión de la cara. En mis tiempos, de carrete y costaba dinero revelarlas, con lo cual había que mirar mucho lo qué afotabas. Hay gente muy cuidadosa, que tiene sus fotos en álbumes, en la estantería y sin polvo. Yo no. Mis antiguas fotos en papel, están en una caja de zapatos algunas, otras posadas en una estantería, porque se van a escanear algún día que nunca llega y las más en cualquier montón de papeles encima de alguna mesa, porque se cogieron para mirar o enseñar y nunca más volvieron a su sitio. Perdí una foto estos días, una foto que me rescataba un recuerdo. Pero me es igual. Si llego a ser vieja de verdad, como mi genética me lo indica, me acordaré de aquel día y de muchos más. Pienso que podré acordarme del pasado como si fuese una película. Y si no es así ¿a quien le importa? ¿De qué valen los recuerdos, si no están las personas con quien los viviste para poder compartirlos?

domingo, 8 de noviembre de 2009

Pequeñas transgresiones


La vida se compone de pequeñas transgresiones. Y ojo, o como vi un día en un letrero de advertencia para que fuese más efectivo, ¡¡HOJO!!, que ya son ganas de complicarlo todo, que ya hablaremos con calma de la ortografía, porque ahora estamos hablando de moral, pues eso ¡ojo!, que digo pequeñas, porque si fuesen grandes estaríamos hablando de delincuencia y hasta ahora somos todos muy honrados. Los pequeños hurtos, por ejemplo. No sé si será en todas las épocas, pero en mi muy reciente juventud estaba de moda la mangancia, es decir, el afanar en las tiendas. Curiosamente, cuanto más pijo se era más se mangaba. Recuerdo que se contaba con gran admiración, que unos amigos, que iban a un renombrado colegio de pago, se habían llevado una tienda de campaña que estaba expuesta en unos almacenes de la capital, de nuestra capital, ya desaparecidos: Simago, a los que la gente apodaba "Simango". Por aquel entonces, a mí ya me parecía excesivo y ahora, por supuesto, me parece un puro disparate, pero eran los finales de los setenta, cuando la gente necesitaba alguna vía de escape del orden establecido, máxime estando en el final de la adolescencia. Yo, la verdad, nunca fui muy ladronzuela, no sé si porque mi rebeldía la encauzaba de otras maneras más idealistas o bien porque nunca fui demasiado hábil en eso de poner cara de póker, pero creo que me llevé una chocolatina de un supermercado y una camiseta, pero eso ya en la edad adulta y fue porque se me quedó en el fondo del carro. Ah, y un calendario del Papa en Roma, pero porque había unas colas muy largas en el puesto de souvenirs y como seguro que la Iglesia se llevaba royaltyes, pues eso, que ya bastante nos habían cobrado en el Vaticano y por la molestia de tenerme que cubrir los hombros con una bolsa de la compra. Pero sí que en todos nosotros hay un punto canalla. Recuerdo que las latas de anchoa y otras delicatessen para nuestros paladares estudiantiles provenían del arte rateril de nuestro cocinero y su pinche, que después se tomaban un vino a la salud de los comensales, que para vinos y copas siempre hubo, vamos hombre, que hay que disfrutar de los años mozos, que pronto se acaban y que con el tiempo, por un gintonic compartido con una buena amiga acabas con una resaca que te dura dos días. Lo que nos volvemos con la vida ordenada. Pero no sólo de pan vive el hombre ni de robos cutres tampoco. El adulterio ya no se contempla en el código penal, pero sigue sin ser nada recomendable para la estética de la cabeza. En teoría, todos le somos fieles a la pareja, pero un coqueteo con el del puesto del mercadillo o un intercambio de mensajes con un viejo amigo o una conversación subida de tono en un chat o por el facebook, no son infidelidades ni motivo de separación, pero sí son parte de los pecadillos de la vida cotidiana. Es como la alimentación sana. Yo soy muy estricta con lo que como, procuro tener como base de mi dieta fruta y verdura, proteína de calidad e hidratos de carbono, en su justa medida. Pero claro, hay temporadas, estados de ánimo y situaciones de la vida. Que estamos en otoño, los días se acortan, la luz cada vez es más escasa...y se acerca la Navidad y yo adoro los polvorones, y el turrón de chocolate y el de Jijona y todos, todos, todos los dulces de esta época, excepto el mazapán, aunque si es muy bueno hasta lo tomo. Otra transgresión más. Pero vayamos a las conclusiones. La vida se compone de esos momentos, de aquel día que nos fuimos del bar sin pagar ( ya contaré en otra ocasión como nos vino a buscar el camarero a la calle) , de coquetear con el portero de la discoteca para poder entrar gratis, de meterte vestida en la cama para que tu padre no se diese cuenta de que acabas de llegar a las cinco de la mañana, de decirle a tu mejor amiga que no te apetece demasiado salir porque esperas que te llame el chico del que te enamoraste perdidamente el día anterior ... De mentiras, engaños y desleataldes se compone la salsa de la vida, que aunque de yogur y de honradez sea más sana, de vez en cuando hay que añadirle una pizca de pimienta. Pero cuidado, que el picante en exceso es dañino y que ver una comedia romántica debajo de una manta en una tarde de domingo lluviosa, con tu pareja de toda la vida, no hay dinero que lo pague; aunque bueno, caminar subida a unos Christian Louboutin del brazo de George Clooney por las calles de Nueva York no sé yo...