viernes, 30 de diciembre de 2011

Bodas y locas.

Yo ya no sé si el stargate de mi casa se habrá trasladado al mundo en general y yo me dedico a viajar, aunque no a mundos alienígenas que sería lo normal, sino a universos alternativos. Eso o que estoy mayor y no entiendo nada. Mayor, seré sincera por una vez ante mi misma y el mundo, lo soy porque si no ya me direis como iba a estar celebrando mis bodas de plata. Vamos, sería la boda boda y estaría pensando en miles de tules, regalos para los invitados y cosas por el estilo. Otro de mis negocios fallidos, organizadora de bodas. No hay nada que canse más que organizar tal evento, digo yo, por lo que oigo decir a la gente. Que si pruebas del vestido, que si degustaciones de platos del banquete, que si ensayos de la ceremonia... Hace veinticinco años, yo me probé un vestido por la mañana y me lo llevé por la tarde, el banquete lo decidimos en una libreta a base de anotar kilos de cigalas...pero claro soy una antigüedad. Por eso, ya que resolví tan bien el casorio, creo que le facilitaría mucho la boda a estos incautos que la celebran como si fuese el día más feliz de su vida...Para que engañarnos, yo soy más feliz cualquier día que me voy de compras o un domingo por la mañana del mes de junio con mi maravillosa playa libertaria para mi sola, o esas tardes de domingo en que mi Pomelo y yo nos comemos medio litro de helado a cucharadas mientras vemos una serie en la tele. Pues eso, lo de las bodas de plata, otra historia que se monta la gente. Que si comidas con la familia, que si regalos a la pareja, que si cenas con los amigos y hasta hay quien renueva los votos. Yo ni comidas, ni cenas ni regalos, esto último porque no coló, que me dice mi Pomelo que la felicidad es compartida y que como él no quiere nada de plata pues que tampoco me va a hacer regalo alguno. En cuanto a votos, los únicos que renové estos días fue el electoral, que sólo tengo uno por desgracia, que tal como han ido las cosas, vendría muy bien que tuviese una docena. Pero algo había que hacer, que son muchos años, bueno años no tanto, sólo veinticinco, más son días, uno tras otro hasta un total que no voy a hacer la cuenta, pero supongo que muchísimos y unos buenos y otros malos y muchos ni fu ni fa. Decidimos, más bien decidí yo, irnos a un balneario. Al Pomelo le gustan muchos las aguas sulfuradas y calentitas y como estaba tan mal tiempo pensé que sería lo mejor, porque esta temporada no andamos muy boyantes economicamente y no estamos para pensar en viajes . Planifiqué muy bien las cosas, busqué uno de los mejores balnearios de Galicia e hice la reserva. La verdad que como organizadora de bodas valdré, pero está claro que para lunas de miel no. No conté con que el mes de Octubre es el mes de los viajes del imserso. Estaba tomado, el balneario estaba tomado por grupos de sesenta y cinco para arriba que se hacían dueños de la piscina y los chorros, de los pasillos y zonas comunes y hasta del restaurante para viajeros desofertados como nosotros, porque tenía zona de cafetería y allí jugaban las partidas. Y no se privaban de hablar, alborotar y juerguear. No fuimos los únicos incautos. Cuando yo me consolaba pensando que por lo menos yo era la más delgada y más joven de toda la piscina, apareció una parejita joven en el recinto. Yo estaba mirando a la puerta de entrada, por eso casi me dio un ataque de risa cuando vi la cara de horror que puso la chica. Vamos, yo creo que se puso tan pálida como los vampiros de Crepúsculo o los de True Blood, más de mi gusto esta última. Tardó un tiempo en desprenderse de su albornoz y pudimos ver los del imserso y nosotros que llevaba un mini biquini plateado. Si miró las fotos del hotel en internet como hice yo, vería una piscina iluminada por luz tenue y vacía, muy apropiada para ir de bikini plata y retozar con tu pareja en las aguas térmicas de los jacuzzis. Pero por supuesto eso era sólo en la foto. Su pareja desde dentro de la piscina no hacía más que pedirle que entrara. Lo dudó, pero al final se metió. Creo que supo enfrentarse al contratiempo, pensando que si ya estaba todo perdido, por lo menos conseguir salvar algo, que fue lo que me dijo mi Pomelo cuando yo no paraba de protestar. A fin de cuentas ella sí que era la más delgada, más joven y más mona de toda la piscina. Tuvieron su recompensa, porque los viejorros se marcharon pronto, porque su horario de cena estaba fijado para una hora temprana y nosotros decidimos que dejarles la piscina para ellos sería nuestra buena obra del día. Pero no era esto de lo que yo quería hablar. En la habitación había un stargate de color verde en el techo, redondo y que fue el culpable de que yo no pudiera pegar ojo en toda la noche y que nos trasladó al universo alternativo de Cocoon en el que nuestros pensionistas no paraban de alborotar por los pasillos, aunque la verdad, no rejuveneció sus próstatas porque las cisternas sonaban estruendosamente cada dos horas. Aunque esto no es nada comparable a lo que nos sucedió a mi hermana y a mi el otro día. Veníamos de resolver unos trámites burocráticos de unos familiares, cuando decidimos subirnos a un autobús urbano. Cierto es que hacía años que no nos subíamos a uno, porque solemos utilizar el coche o bien nos movemos por Santiago en la que todo está la alcance de la mano, pero esto era en A Coruña, ciudad más grande. Subimos a un bus prácticamente vacío. Las dos íbamos concentradas en los papeles que teníamos que solicitar y en ir pendientes del exterior para reconocer nuestra parada. De repente nos interrumpe una señora. Nos pregunta abruptamente si no tenemos costumbre de dejarle el sitio a los ancianos. Miramos a nuestro alrededor y no había ninguno, es más el autobús seguía medio vacío. Y prosigue su alegato a voz en grito diciendo que por nuestro lado pasaron dos y que tuvo que dejarles ella su asiento, no sabemos si los dos se sentaron uno encima del otro o fue en dos momentos diferentes del viaje. Ante mi protesta de que no vimos a ninguno, nos dice que en el autobús hay que ir muy pendientes de todo el que sube. Mi hermana me dice que ni caso, que no me ponga a discutir con ella que seguro que está un poco trastornada. No, le digo, es que tiene el síndrome de Pilar Bardem, que es creerse en posesión de la conciencia colectiva e ir dando por la vida lecciones de moral a todo el que se tercie, y como esta señora no tiene un micrófono de prensa a su alcance utiliza los autobuses dónde siempre hay público. Pero mi hermana, una persona muy discreta, desde ese día no deja que nos sentemos en los transportes públicos, aunque vaya de tacón y con cincuenta bolsas en la mano, por si acaso, que nunca se sabe cuando aparecerá de nuevo. Pero lo que yo no sabía es que esa señora no se mueve únicamente en los buses, no, también se dedica al tren. Como allí todo el mundo lleva su billete numerado, aunque desde aquí me dirijo a todo los viajeros de este medio de locomoción: el número de asiento indica dónde te tienes que sentar, no está allí de adorno, hombre, que cada uno se sienta dónde quiere. Cuando vas a ocupar tu asiento, resulta que está alguien sentado y por no molestar no lo mandas levantarse, te sientas en cualquier asiento y después viene la loca del autobús-tren, metro porque no hay, que hace que te levantes porque ése es su asiento y dios te libre de poner en el de al lado tu bolso, mochila o paquetes, que se empeña en sentarse a tu lado. Mi sobrina la Mayor me dirá que ya estoy inventando, que no es la misma, pero claro, como ella no sabe lo de los stargates pues no se da cuenta que es así como la señora en cuestión se desplaza. Ahora que lo pienso, seguro que era ella aquella que estaba en la piscina del balneario mirando con cara censora el bikini plateado. Pero claro, es que con gorro de piscina somos todos como extraterrestres, por eso no la reconocí. Ya lo sabéis, cuidado con los stargates, con las señoras con síndromes complicados y con las bodas. Para estas últimas, me podéis contratar para que os las organice, el viaje no, que seguro que os mando al castillo de irás y no volverás por lo menos.

jueves, 13 de octubre de 2011

Sucederes

Tengo mucho que contar, ya que últimamente no me pasé mucho por aquí, claro que este últimamente tiene una duración de varios meses. Para empezar mi pobre ordenador de sobremesa feneció y aunque todavía sigue de cuerpo presente, hasta hace poco, un par de días, seguía enchufado. De noche te levantabas a algo y seguías viendo la luz del ratón iluminado el salón. Fuegos fatuos, le dije yo a mi Pomelo, hay que acabar con esto, porque además se incrementa el recibo de luz. Ante esto último lo apagó. Al desván no fue, como habían ido los anteriores, porque lo acabo de ordenar. Sigue habiendo trastos, pero son trastos dignos, es decir, colecciones de comics, revistas de arte, herramientas y objetos más o menos útiles, todos ellos en sus cajas clasificados y limpios. Ya no hay toda la inmundicia que sobraba y no tirabas por pereza. Me deshice como de unos cuatro ordenadores, miles de revistas de decoración de cuando compramos la casa y cientos de cosas por el estilo. Cuando acabé, después de tres días de viajes a los contenedores de reciclaje oportunos (que quede claro), le comuniqué a mi Pomelo que ya me podía morir tranquila. Me contestó que de haberlo sabido lo hubiera ordenado él antes, que siempre quiso ser un viudo joven y ahora ya le coge calvo. En fin. Después de tan ímprobo trabajo, ya no dejo subir nada al desván, así que cuando este último ordenador estiró el teclado decidí que prefiero tenerlo en la mesa que contaminar mi obra maestra. Lo que quería decir, es que hago por primera vez una entrada desde el ordenador portátil, que ya tenía desde hace un par de años pensando en los viajes, que por cierto nunca viajo, lo que me resulta un poco incómodo porque adoro los teclados amplios que pueda aporrear como si de una máquina de escribir se tratase, que para algo tengo ya una edad. Aunque bueno, nunca usé mucho la máquina de escribir. Es como lo de las marchas del coche. Mi hermana me decía el otro día que parece que conduzco un camión, por la forma en que las cambio. Nunca conduje un camión, aunque a mi hermana, conocida por Volty, no se le puede hacer mucho caso porque interpreta la realidad un poco a su manera, aunque sí tiene razón cuando dice que el único hombre que puede permitirse el lujo de ir con una camiseta vieja y barba de tres días sin parecer un guarro es Miguel Bosé, se extralimita al decir que le dan un poco de repelús esas tumbonas como camas que hay en los hoteles y playas de lujo, porque sabe dios cuantos bañadores mojados se habrán tumbado en ellas. A todo esto, no sé adonde me dirijo con estas cosas que estoy contando. Será la falta de práctica, pero cuando empecé a escribir sabía lo que quería contar y ahora ya no me acuerdo. Aunque bueno, para eso tengo dos maravillosas y minúsculas libretitas que es donde apunto todos los sucesos extraños que me van sucediendo fuera y dentro de casa. Porque ahora no es sólo cuando salgo a tomar cafelitos que me persiguen los sucesos extraordinarios. Resulta que en casa tenemos un Stargate y no lo sabíamos. El cabecero de nuestra cama es de obra, de pladur, no de ladrillos ni materiales nobles, que uno anda escaso de dinero. Pues lo que nos pasó ahí atrás fue algo inaudito. Mi pobre Pomelo (hoy ya lo cité tres veces) es un poco cegato, por decirlo con cariño, pero un poco de unas siete dioptrías por lo menos. Lo primero que hace antes de levantarse es ponerse las gafas. Alarga el brazo hacia el sitio dónde las deja, que es un estante del cabecero (no pongo una foto porque el que nos hizo la casa era un constructor-artista y lo hizo como le dio la gana. No vigilábamos mucho, la verdad) y no las encuentra. Me llama para que las busque y no están. Miro por el suelo, entre los cables, entre las sábanas, debajo de la almohada y no aparecen. ¡¡¡¡Que no están!!! Como el pobre tenía que ducharse, desayunar etc etc antes de irse a trabajar, le busqué las de repuesto para que pudiese valerse por si mismo y yo seguí buscando. Nada. Entre los dos estuvimos más de media hora. Ante tal horror decide llamar a la oficina para avisar que llega un poco tarde, cuando allí estaban, en el sitio dónde las deja siempre y que ya habíamos mirado como tropecientas veces. Un Stargate, le dije, lo tenemos en el cabecero y no lo sabíamos. Yo estaba ya toda ilusionada, pensando a que mundos habrían ido durante toda la noche las gafas, a dónde podríamos ir nosotros sin tener que usar avión y si cabríamos por el stargate o tendríamos que buscar la manera de ampliarlo, cuando me dice que no, que lo pasó es que se debieron liar con los cables que van a los enchufes y quedar escondidas hacia la parte de atrás. Mi gozo en un pozo, la verdad es que me da bastante menos miedo usar un stargate que ir en avión, no hay aterrizajes ni despegues, ni baches, ni pájaros a los que atropellar y además tampoco te pierden el equipaje porque lo llevas contigo. Aunque bueno, casi me seduce más el teletransportador de Star Trek, porque digan lo que digan para mi que el stargate te deja el pelo encrespado.

sábado, 9 de abril de 2011

Pequeñeces

La demencia de tempranillo, frase genial con la que me deleitó el otro día mi sobrina la mayor. No, no voy a frivolizar con temas tan serios como son las enfermedades mentales o el alcoholismo, pero es que estábamos hablando de una persona a la que ultimamente veíamos enloquecida y cada vez más aficionada al frasco. Frases así o esos momentos únicos son los que nos reconcilian con la vida si es que alguna vez nos enfadamos con ella. El otro día, que es un decir porque ya fue hace bastantes muchos, viví uno de ellos que me hizo aplaudir y llevarme un subidón de adrenalina como pocos. Un pobre gatito se había colado en el interior del pozo de unos vecinos. Vivir en el campo es muy bonito, mis cafelitos son muy edificantes, que las vecinas te hablen de "circar o culebrillo", dicho con el seseo de la zona, refiriéndose a una manera arcaica de curar el herpes te hace pensar que vives dentro de una serie, pero cuando te enfrentas a lo más duro de esta forma de vida, cambia la historia. Que un gato maúlle pidiendo socorro porque está prisionero en un repecho de un pozo y no puede salir a nadie le importa lo más mínimo. Otros ya habrán caído, total el pozo ya no se usa. Y tú te sientes fatal porque además ese pozo está en un recinto cerrado con una puerta y nadie te la quiere abrir. Pero de repente todo cambia, porque llega Superman y abre la puerta con una especie de ganzúa y coge una escalera y la mete en el pozo y ves un gatito negro que se tira al agua y sube por los escalones y espera. Al subir a pulso la escalera, el gatito llega al brocal, salta todo mojado y se marcha corriendo, feliz de estar fuera de ese horror. Y te ríes y aplaudes y abrazas a tu superhéroe y te sientes la mujer más afortunada de la tierra por un momento. Un momento mágico, único, en el que tu chico te hace sentir que vale la pena todo por ver a ese gatito libre y aunque tu héroe no tenga ni mallas ni capa, afortunadamente, porque para que nos vamos a engañar, mi Pomelo no quedaría muy bien en mallas, porque aunque es alto y bien proporcionado, los años no perdonan el contorno de la cintura, en ese momento vamos, ni George Cloony vestido de Batman se le puede comparar. Es que lo de los animales es un poco extraño. Quien nos iba a decir que a Galicia iban a venir a parar todos los perro-artistas de Hollywood. Pues sí, es verdad, porque por alguna razón esos managers de artistas sin conciencia vienen aquí y los dejan. Sin ir más lejos, el perro de mi hermana hizo varias películas, vamos que yo lo vi en varias, aunque ellos digan que no, que su perro es más guapo, pues no. Un día apareció por su casa y decidió quedarse, pero ya venía de otra vida de artisteo y hace lo mismo que los viejos divos, vive bien y se dedica a las jovencitas de la zona, que cualquier día se arruinan si empiezan las demandas de paternidad. Y otro perro, que lleva años abandonado y adoptado en el pueblo vecino lo vi el otro día en otra película. Nadie me cree pero es así. Peculiaridades de este país de lluvias y excentricidades. Pero a lo que iba, que ya me desvié. Esos momentos únicos que quedan grabados en la memoria. Todos sabemos lo que estábamos haciendo en fechas señaladas, en días terribles de dolor o plenamente felices. Me veo perfectamente asistiendo a la llegada de Amstrong a la Luna, aunque era pequeña. Es más, creo que marcó alguno de los intereses de mi vida. Sí, de momentos memorables, de frases geniales, hombre , que digo que doy de comer a los gatos callejeros porque me piden y me dan pena y una señora desconocida, en el puesto del mercadillo en el que estábamos, me dice que igualito que otra vecina, pero ella lo hacía con los hombres, que le lloraban a la puerta porque estaban necesitados y como a ella le daban también pena, pues un montón de hijos. Vamos, que comparan dos labores sociales un poco diferentes, digo yo, y se quedan tan anchos. La vida sencillla está llena de grandes momentos, que aunque muchas veces sólo te lo parezcan a ti, hacen que te rías, llores o te preguntes si no sería mejor buscar el sentido de la vida en otro lugar, fuera del microcosmos en el que vivo y que no permite que pierda la capacidad de asombro. Porque, vamos, que untarse todo un herpes con "borra" de la cocina mezclada con aceite y una planta llamada sensible, mientras la curandera dice las palabras mágicas después de haberle hecho gastar a la Seguridad Social un pastizal en el tratamiento médico, es algo que hace que me pregunte por las noches si todo esto está pasando o alguien se está inventando mi vida.

lunes, 17 de enero de 2011

Crisis II

Sigo empeñándome en que "you" sea yo y claro, así es imposible aprender un idioma. Fundamental saber I am, pero claro, yo pienso en you am y creo que lo mejor que puedo hacer es desistir. Que no, que el inglés no es para mi, que una persona a la que le cuesta entender a los andaluces o a los argentinos por el acento, no puede estudiar inglés, está clarito. Pero es que yo quiero. Llevo años viendo series en inglés subtitulado y ya sé decir what? con cara de extrañeza y con cara de asombro oh my God ! Pues no, eso no llega. Hay que aprender que un apartamento es flat y un árbol tree, aunque eso yo ya lo sabía por la serie "Men in trees", que husband es marido y que mother no se puede decir como en "How I met your mother " porque allí lo dicen en americano. Además hay que llegar a casa y estudiar. Aprender los verbos, el vocabulario y encantado de conocerte y como te llamas. Aburridísimo. Todo esto unido a un libro lleno de dibujitos, de frases simples y de enunciados de ejercicios más difíciles que el ejercicio en sí. Después llegas a clase y te ponen unos audios horrorosos que no suenan como en las series o unos videos en los que no hay subtítulos. Echo de menos las clases de idiomas de mi bachillerato, francés por cierto, en las que tenías que estudiar un montón de gramática, que dicho sea de paso es lo que más me gusta, listas de vocabulario y hacer traducciones y dictados. Pues no, ahora ya no se estudia así. Y yo no lo sabía. El shock que llevé fue morrocotudo, graciosa palabra por cierto. Para colmo yo pensé, creo que con buena lógica, que si te apuntas a un curso de Básico 1 es para gente que no sabe nada de nada, como yo. Pues no, resulta que soy la más burra de la clase. Me desanimo, cada vez falto más y claro, no me entero de nada. Para colmo casi todo el mundo va con amigos. Los que van solos se sientan solos, pero después hay que conversar y la gente se junta como a regañadientes. Pues menudo aburrimiento de clase. Yo procuro sentarme de entrada con gente que está sola y así ir haciendo amistades, pero claro, como falto tanto pues cuando llego ya se hicieron nuevas parejas pero como yo no lo sé , pues me convierto en una roba sitios y compañeros. Un horror esta clase, yo, que soy la reina de los cafelitos todavía no conseguí tomarme uno a la salida acompañada. Pero esta temporada por problemas familiares no puedo ir a las clases, aunque bueno, siempre encuentro alguna disculpa para no ir, con lo que decididamente ya lo voy a dejar. Porque además hay exámenesy vamos, a mi edad era lo que me faltaba, que me suspendiesen y con un cero, pues ese es el nivel de mis conomientos. El otro día quería hablar del tema con mi sobrina La Mayor, conocida por Caaal, en un hospital en el que coincidimos porque nos turnamos para acompañar a un familiar, pero claro, había un Hola. Ya se sabe cuando está un Hola por el medio ya no hay posiblidad de dialogar. Porque por si alguien no lo constató, cualquier conversación, sea de la índole que sea, se interrumpe y pasa a segundo plano cuando de repente vemos que la casa de Tamara Falcó es de estilo juvenil aunque aquel comedor sea como el de una abuela o que la de Fonsi Nieto sea minimalista aunque esté repleta de enormidades doradas traídas por su dueño de Egipto. Ni de este tema ni de ningún otro pude hablar con mi sobrina, ni siquiera de la salud de la enferma, que por fortuna se va recuperando. Cuando yo abría la boca, pues que no, que los zapatos de no sé quien o el nuevo amor de aquella otra se interponía entre nosotras. Pero claro, estábamos en un hospital, tiene que haber un Hola es un requisito imprescindible para cualquier habitación hospitalaria, como antiguamente lo eran las zapatillas de piel nuevecitas y la bata de raso granate para los recién operados, porque si la hospitalización era por urgencia pues no te daba tiempo a comprar y llevabas lo que tenías en casa, que otro día ya contaré todas mis experiencias en estos recintos, que por desgracia son cuantiosas, porque mi Pomelo y yo somos muy aficionados a las operaciones e ingresos varios. Pero ya me fui del tema que era las clases de inglés. Aunque bueno, el Hola me hace recordar mis exámenes de literatura, en los que a la vieja profesora que ya lo había sido de mi padre, le poníamos al descuido la mencionada revista encima de su mesa. La revista de la semana, recién comprada con el dinero de un bote hecho en la clase y que la buena señora se dedicaba a leer durante la hora del examen que se convertía en el mayor despliegue de chuletas que he visto jamás en mi vida de estudiante. Pero tenía que ser el Hola, porque no valen ni el Lecturas, el Semana, que no sé si existe ya, o cualquier otra revista del corazón. No sé la razón, pero es un tema cientificamente comprobado por mi, que para algo soy una gran estudiosa del comportamiento humano. Y ahora se me ocurre pensar que si compro el Hello quizá pueda aprobar mi examen de inglés y así pasar al básico 2 el año que viene y ser ya casi una alumna aventajada. Algo me dice que no, que ni el Hello, ni una réplica del anillo de compromiso de Lady Di, que se vende tan bien estos días, van a conseguir que yo pueda aprobar un examen en el que you es tú y en el que todavía no sé como se dice mierda, hombre, que en francés era lo primero que aprendías. Pero me es igual, algún día yo también podré dar conferencias en el idioma de Shakespeare, porque el año que viene pienso ser repetidora y así jugaré con ventaja.

jueves, 9 de diciembre de 2010

Crisis I

Haruki Murakami es un gran escritor, creo que nadie lo puede poner en duda. Para mi uno de los grandes. Me leí creo que todas sus obras, por muy enormes que sean que lo son y eso que cada vez a mi me gusta más la novela corta, seguramente debido a mis costumbres lectoras particulares. Murakami me ha proporcionado grandes momentos de satisfacción. Aunque sus obras sean densas y a veces duras en temática y en prosa, es un enorme placer leerlo. Pero ultimamente me está haciendo mucho daño. Todos tenemos derecho a sufrir una crisis a lo largo de nuestra vida. Bueno, tal vez dos, pero más no, porque si continuamente tienes crisis dejan de ser eso, impases de la personalidad en un momento puntual. Yo nunca fui muy de tener fases complicadas, más bien ya soy yo permanentemente complicada. Pero ultimamente me permití entrar en una de estas fases que acabo de nombrar. A cada uno le da la crisis de una manera determinada. Aunque algunas tengas unas pautas más o menos reconocibles y catalogables, no tiene porque ser así. La crisis del postdivorcio te puede dar bien por inyectarte de todo en la cara y rasparte el contorno, como por dejar de ir a la peluquería y tener el pelo de tres colores, comer todo el chocolate del supermercado más cercano mientras te conviertes en adicta a a las sudaderas del Decatlon. Hay los dos extremos. La crisis del nido vacío, la crisis económica que sufrimos todos por desgracia, la crisis de la jubilación, las hay para todos los gustos y para todas las edades, vamos, quien no tiene un o dos es porque no quiere. Yo ya pasé varias etapas de mi vida que, podrían haber sido críticas, pero no lo fueron. Pero ahora me llego el momento y dije, pues como no me apure me voy a pasar la vida sin tener una, así que sin darme cuenta, me vi inmersa en una de elllas. Me entraron unas prisas enormes, no por recuperar el tiempo perdido, que aunque las madalenas me encantan, creo que lo que se pierde nunca se vuelve a encontrar a no ser que no valga nada. No, mi apuro fue por hacer lo que nunca hice y que sé que si no lo hago ahora no lo podré hacer jamás. Esto suena de lo más profundo. Y lo es. Asignaturas pendientes. Todos tenemos alguna, si pasas de cierta edad. Yo por tener tengo muchas, pero no voy a enumerarlas aquí, porque no sería ni didáctico ni entretenido. Pero si hay dos a las que estoy dedicando mis esfuerzos, o mejor dicho, parte de mi tiempo, porque si le dedicara todos mis esfuerzos no me vería como me veo. En primavera decidí que tenía que retomar mi etapa andariega, por salud, por placer y por estética, usease por cuestión bikini. Y empecé con mis paseos mañaneros. La verdad que es un gustazo, recién empieza la primavera salir a las ocho de la mañana, estrenando el día o como dice mi hermana, conocida aquí por Volty, abriendo la aldea. Sin darte cuenta cada vez andas más y más rápido. Es un poco complicado, porque yo vivo en una zona de cuestas y al principio "cuesta" mucho subirlas, por lo que hay que trazar un itinerario que te permita hacerlo al principio del paseo y poder relajarte después. Los primeros días te lo tomas en plan lúdico, disfrutas del paisaje, de los sonidos de los pájaros ligando, de las ardillas y sus correrías, porque por supuesto yo voy al monte, no me dedico a pasear por carreteras. Disfrutas de los colores, del amarillo del tojo y la xesta floreciendo, de los olores a campo, a estiercol fresco a veces, que aunque parezca lo contrario, no es un olor fétido. Todos los sentidos entran en juego. Pero, siempre hay un pero, empieza un buen día a roerte el gusanillo. Hagamos una pausa. El picor y el tamaño del gusanillo depende de cada uno. Hay personas que matan a su gusanillo con una onza de chocolate, o con una camiseta de Berska. Hay otras que necesitan un bolso de Prada o un kilo de turrón para acabar de rematarlo. Yo siempre digo que mi gusanillo es del tamaño del gusano de Dune, por lo que tengo que comer mucho queso, mucho dulce y salir muchas veces de compras con mi Pandilla. Pues bien, mi gusanillo comenzó a molestar. Ya que ando sin problemas, me hago los kilómetros que hagan falta sin cansarme demasiado y sin aburrirme, debería dar un paso adelante. Correr era sin duda el siguiente paso. Para colmo cayó en mis manos pecadoras el último libro de Murakami "De que hablo cuando hablo de correr" y definivamente acabé de convencerme. En mi edad adulta jamás había corrido, es más, pensaba que la gente estaba loca por hacer tamaño esfuerzo por la calle, hombre, con los buenos gimnasios que hay, en los que puedes llevar ropa de lo más glamurosa, correr por las calles con esas pintas horrrorosas. Porque en mi corta pero intensa experiencia, tengo observado que la ropa mona para correr no va conmigo, que mis zapatillas viejunas ya por el uso, mi sudadera de algodón roja y cuatro camisetas y un par de mallas cutres son sagradas y que no hay mañana plácida sin ellas. Y empecé a correr. Por supuesto me documenté antes. Para eso está internet. Al principio cuesta, te cansas, te ahogas, te sale el corazón por la boca mientras temes que no vuelva a entrar, pero una vez que coges el ritmo, la velocidad adecuada y te marcas unas metas se vuelve de lo más placentero. En primavera genial, en verano sudas más pero yendo muy temprano lo solucionas también. En otoño se empieza a complicar la cosa, pero cambias la mlla corta por la larga, la camiseta de tiras por la de manga y argucias parecidas. Pero empieza la lluvia y ante eso ya no hay que hacer. El paraguas no es práctico para correr y además es ridículo, sobre todo con viento. Y hoy llueve y mañana también y cuando te das cuenta pasan quince días y tienes que volver a ponerte en forma. A todo esto, yo como siempre, muy apresurada en todo y lo de los estiramientos no va conmigo, con lo que continuamente estoy con problemas en las rodillas. Hasta tuve que ir al médico, porque pensé que me había roto el menisco. Mi pomelo, mi hermana y todos mis familiares me dicen que con andar me llega, pero no, yo fiel a Murakami me grabé en mi cabeza las palabras que tiene dispuestas para su epitafio "Al menos aguantó sin caminar hasta el final", cuando me canso o empiezo a desfallecer las repito como un mantra y llego corriendo hasta casa, ante el asombro de mis vecinos que no pueden entender como una persona cabal puede volver a las nueve de la mañana sudorosa y agotada en vez de estar en la cama durmiendo. Ahora llevo varias semanas sin entrenar porque, sí ahora estoy entrenando. El otro día dije, en mi clase de inglés que me entreno para la maratón de Nueva York, pero en realidad lo estoy haciendo para la carrera popular que hay en septiembre en mi pueblo de nacimiento. A Nueva York hay que ir en avión, gastar unas pasta y correr una maratón de verdad y la carrera de mi pueblo son tres kilómetros, llegas en una hora y lo mejor de todo, le dan trofeos a todos lo corredores. Mi clase de inglés, esa es otra, pero de ella ya hablaré en el próximo capítulo.

miércoles, 24 de marzo de 2010

Cafés

Llegó la primavera y con ella los dolores de estómago, las alergias y la astenia. A mi las alergias no me afectan, porque aunque tengo muchos síndromes, alergias no tengo ninguna, porque el no comer marisco no es una alergia alimentaria es una asco psicológico que repercute en uno de mis síndromes. Pues eso, que como las golondrinas vuelvo a frecuentar lugares que tenía un poco abandonados este invierno, así retomo mi costumbre mañanera del café de mujeres. Aunque este invierno seguí tomando café a media mañana, lo hacía de modo más independiente, iba más tarde, quedaba con mi amiga, nos íbamos no sólo a la compra si no a veces a los mercadillos de lugares vecinos, es decir otro tipo de historia más lúdica y menos antropológica. Pero como el café de las diez y media se había convertido en café de las once con pastel, café de las doce con cruasan y agua de la una con nada (unos tacaños que no nos dan tapa), pues que no podía ser, que era excesivo, porque me criticaba mi envidiosa hermana, rabiosa por no poder recorrer los sesenta minutos que la separaban de mi disipada vida, el cotilla de Juan que seguía mis pasos a golpe de teléfono, mi mejor amiga que me llamaba al fijo por usar el teléfono del trabajo y no gastar en el móvil y nunca me encontraba en casa. Todos criticaban mis movimientos mañaneros, excepto por supuesto mi madre, a la que todas estas movidas encantaron la última temporada que pasó con nosotros, es más, se le hacían cortas y trataba de prolongarlas o de robarme la amiga, aunque de este tema hablaremos otro día. Pues como iba diciendo con la vuelta de la primavera, la marcha de mi madre y la proximidad del verano y la necesidad de bajar los tres kilos famosos de las festividades acumuladas de este invierno, decidí adelantar mi café, por lo que volví a la colación comunitaria. La verdad que no me defraudó nada este primer día de reunión. Cuando llegué ya había un grupo nutrido hablando de los hijos. Aquí fallo un poco, porque claro, como de eso nunca tuve, no puedo opinar mucho, aunque recurro a mi experiencia como tía y así cuento las gracias o desgracias de mis sobrinas y si no hay nada que contar, pues lo invento, porque como ya comenté en otra entrada que hice sobre este tipo de reuniones, si quieres obtener información, hay que aportar alguna también. Y si no que se lo cuenten a mi nueva adquisición. Con esto de la crisis, hay que pensar en ponerle tapas a los zapatos, porque al no comprar tantos se usan más los que ya se tienen, por lo que las suelas se gastan y hay que ponerle tapas. Pregunté por tanto, por un zapatero, en la reunión mañanera. Me indican dónde es, es decir, la casa que está la lado de la de no se quien, más conocido por no sé como, que tiene un "cancelo" marrón. ¿Tiene letrero en la puerta? pregunto yo, como haría cualquier persona civilizada, carcajada general y "ten letreiro, disque","está no cuberto e jrasias". Decidí que lo mejor era preguntar en el super dónde compro muchas veces y que queda por la zona. Me indicaron perfectamente dónde era y mientras yo iba me cortaron el jamón, me pesaron la fruta y me metieron todo en mi bolsa preciosísima de dibujo de verduras, regalo de mi sobrina La Mayor. Pues me voy al zapatero con mis botas preferidas. Es un señor mayor, rodeado de gomas, puntas, hormas, bolsas de plástico llenas de cosas, en un cubículo de muy pocos metros cuadrados, no podría precisar cuantos porque calculo tan mal, que una vez traté de meter en lo que yo pensaba era un buen salón, "porque vacíos los espacios parecen más pequeños" un tresillo (de aquella se decía tresillo, algunos, que otros decían trisillo), la mesa de la tele, un rincón de lectura, una mesa de comedor para ocho personas, varias estanterías, una mesa de trabajo y un equipo de música de los de antes dentro de uno de aquellos muebles horrorosos negros y con cristal ahumado, que nunca supe por qué tenía que ser ahumado ¿le daba vergüenza al tocadiscos que lo vieran?. La mesa de billar no, porque no la tenemos, me dijo el Pomelo, tras mostrarme que en quince metros cuadrados no caben todos esos muebles ni unos encima de otros. Por todo esto, no puedo especificar con precisión cuanto mide el cubículo del carpintero, sí decir que no es el "cuberto" entero, porque al lado hay una puerta a través de la cual vi a la mujer haciendo la comida. Pues bien, después de los buenos días, enseñarle las botas, explicarle lo que quería vino la parte técnica, qué tipo de goma para la suela y la urgencia del encargo. El zapatero ya me conquistó por supuesto. Por la tarde me las da si yo quiero. Así da gusto, porque no es un mostrador de un centro comercial dónde te ponen las tapas en un cuarto de hora, pegadas con una cola moderna sin mayor encanto. No, aquí es un trabajo artesanal, hecho a conciencia, en un lugar con un olor a caucho inigualable. Pero no quedó ahí la cuestión. Porque no sólo es solar unas botas, para hacerlo hay que saber la procedencia de las mismas. Con eso no me refiero a dónde las compré, no, se trata de saber a quien pertenecen. Es decir, le tuve que explicar dónde vivo, a quien le compré la casa, cuantos años llevo viviendo aquí etc etc etc. Ya lo echaba yo de menos, notaba que algo faltaba en mi vida ultimamente y era esto, un zapatero como es debido. El anterior que tuve, en mi antiguo lugar de residencia, era muy peculiar también. Trabajaba en un sitio muy parecido al de éste, aunque el otro estaba en una calle de un pueblo. También tenía una mujer vestida de negro que me miraba desde una cocina al lado del despacho de zapatos, también tenía gafas y era preguntón. Con el antiguo tenía más confianza ya que llevábamos años. Me arreglaba los zapatos como yo quería y charlábamos un ratito cuando los iba a recoger, me contaba los problemas de fontanería que tenían en su casa, como la bañera del único baño de la casa, que perdía por falta de uso, ya que solamente era utilizaba por el hijo cuando iba a verlos. Ya sé que de momento no voy a tener tanta intimidad con este zapatero, pero creo que con el tiempo podremos mantener una buena relación y que algún día su mujer me enseñará la cocina principal. Pero de momento no quiero hacerme ilusiones y mañana iré a buscar las botas y a ver que sucede. Por lo pronto me dijeron que es un poco "careiro", pero a eso ya estoy acostumbrada, porque el otro también lo era, aunque bueno, ¿qué es un euro de más comparado con lo que me aportan? La gente que no sabe apreciar lo que nos da la vida. Pero a lo que iba, la conversación mañanera. Hablaban de los hijos, pero para variar, no hablaban de lo malos que son los profesores o de lo maravillosos que son los nietos, sino de los nombres. Cuando de las Marías de los Dolores, de los Consuelos o de los Remedios se pasó a nombres más sonoros, más modernos y en muchos casos a más internacionales comenzaron los problemas. Vivo en una localidad en la que se habla mayoritariamente gallego y en una zona de gheada y seseo. Timidamente empezaron a aparecer Patrisias, Jabrieles y Serguios, pero hasta aquí era bueno de llevar, porque al fin y al cabo se entendían bien, porque es sabido que el el problema empezaba cuando se metían por el medio "los normativos" que cuando querían una lechuga pedían una leituga y obtenían la revista "lecturas". Pero el tema se complicó cuando se pasó a los compuestos y aparecieron los Fransiscos Gabieres y los Sesar A justo, aunque el no va más fue la sustitución de las Armónicas por Mónicas y las Mayonesas por Vanessas. Pero les estuvo muy bien a esos padres pretenciosos que trataron de distinguir primero a sus hijos y después a sus nietos de los demás. Por fortuna después vinieron los nombres en gallego, la mayoría de los cuales sí se sabían pronunciar, aunque lo más penoso de todo fue que quienes primero hicieron uso de ellos fueron castellano parlantes que venían de veraneo y fíjate tú, que no sabían pronunciar correctamente la x, con lo cual nuestro Xan pasó a ser San, Uxía a ser Usía y Xurxo algo tan complicado como el siseo de una cascabel. Pero bueno, el tiempo, la democracía y la buena convivencia hicieron que se fueran aprendiendo nuevas costumbres y se toleraran las viejas, con lo cual de nuevo vuelve a haber, Manolos, Remes, Mónicas, Xelos, Olaias y Cármenes en parques infantiles o playas, perfectamente pronunciados, unidos por supuesto, a los Cristales, Davinias y Ramiro Manuel que nos dejaron los seriales televisivos. Pero bueno, si el nombre es lo de menos, que después te lo van a sustituir por el diminutivo más absurdo o el apodo más tonto, sea tu madre llamándote Bebé cuando tienes bigote o tu novia llamándote Cari delante de los amigos. Pues eso, que total si vamos a usar el nombre de nuestro perro, o traducir el propio a klingon, o el de nuestro personaje de novela, de película o serie favorito para buscar un nick y firmar un blog, chatear o buscar un noviete por internet, que más da que nuestra abuela no sepa pronunciar nuestro nombre de pila o de registro civil. Que a mi el diminutivo me lo usarán en mi pueblo de nacimiento hasta que me muera, así tenga noventa años, use bigote y le de bastonazos a los niños por la calle. Y si no estoy contenta, lo que me queda será empachar a pastillas, que fue como describieron hoy el intento de suicidio de un pobre desgraciado al que le pesaba la vida. Por cierto, Caaal, haz que me depilen en el asilo.

domingo, 21 de febrero de 2010

Rosquillas

Pues que me moría por comer rosquillas, esas rosquillas de masita de freír y que saben a anís y que mucha gente hace por Carnavales. Bueno, creo que todo el mundo menos yo, porque como mi madre nunca las hacía pues yo tampoco. Pues eso, que me moría por comerlas y como no tengo quien me las haga pues las tuve que hacer yo misma. La verdad es que me salen muy buenas, pero tengo un problema muy gordo. Se rompen por la unión. Es decir, se hace una tira, se dobla y se unen los extremos, como una pescadilla que se muerde la cola, pobres, con su cabecita y sus ojos mirándonos y con esas mandíbulas agarrando el rabo, que me dan una pena terrible. Yo no las hago, porque ya es de todos conocidos que pezqueñines, no gracias, debes dejarlos crecer. Pero hay quien los compra, sin ir más lejos, una de mis amigas me dice el otro día, llevo aquí unas cariocas en dos bolsas, porque mi pescadera no quiere que se vean. Indignante, ya le dije que la iba a denunciar a ella y a su pescadera, a la que jamás volveré a comprar, si no las tiraba pero lo cierto que no me hizo caso y se las preparó para comer. Pero yo estaba hablando de las rosquillas. Que es cuestión de maña o de algo parecido, porque por mucho que las apriete, retuerza o pise con un tenedor, se siguen rompiendo. Ya probé a hacer un bollito y con un dedo hacer el agujero, pero no, no quedan igual y además es un coñazo. Por tanto hoy opté por hacer palitos, pero claro, entonces hay que responder a muchas preguntas. ¿Qué haces?, me dice mi madre que está pasando una temporada con nosotros. Rosquillas, contesto, no dice nada, pero me mira. ¿Qué hay de postre, pregunta Juan porque entra en la cocina y huele el anís. Rosquillas, contesto, estoy haciendo la masa . Pero cuando ya comidos llevo el postre a la mesa, vuelve a preguntar lo mismo, ¿Qué hay de postre?, rosquillas, ya te lo dije antes. Las mira. Por un momento piensa que el anís no estaba en la masa, sino en un copazo que me ayudaba a cocinar, pero sin pestañear, vuelve a preguntar ¿son estas? yo le digo, sí. Y las comemos. Buenísimas, como siempre. Además sucede que la aficionada a las masas, como toda la familia de mi padre, a la que también ha salido mi sobrina La Mayor, soy yo, por lo que me paso la tarde subiendo y bajando a la cocina al plato de rosquillas que me zampo enterito. Alguien pensará que sería más práctico subirlo, pero no, de esa manera pienso que con el trasiego de las escaleras perderé alguna de las calorías que ingiero. Pero vayamos al problema que nos ocupa. La forma de las rosquillas, a partir de hoy rosquilas redondas o rosquillas palo, que decididamente no me sale. Es como los regalos de Navidad, es decir, el problema de los paquetes. Mucha gente hace maravillas, si ir más lejos Volty. No le valen, hombre, los que te ponen en las tiendas, que para algo son profesionales, que zapatero con minúscula, a tus zapatos, que es a lo que se dedican, caramba, a vender y empaquetar. Pues no, ella hace mil filigranas. Un año hasta unas cajas customizó y qué cajas, que preciosas están para guardar cosas. Y a los regalos les añade piruletas y golosinas, todo en un revoltijo preciosísimo. Pero yo no, la verdad es que soy desastrosa. Todos los años compro papeles de regalo, cintas y escarapelas con la intención de hacer yo lo mismo. El problema empieza al cortar el papel. Hay que cortarlo sin que queden las marcas de los tijeretazos, que vaya derecho y que no se rasgue ni arrugue. Pues no. A mi por alguna razón se me tuerce y se agurruña. Una tarde entera me la paso luchando, ahora falta papel, tira un pliego, éste quedó escaso, tampoco sirve, que el rotulador no se ve en este papel, que es del mismo color. Porque esa es otra, las dichosas etiquetas para poner el nombre. Nunca sé dónde las venden y si las encuentro después no sé en qué sitio pegarlas, con lo cual vuelven a quedar fatal. A veces el Pomelo se compadece y me hace unos paquetes maravillosos, que por supuesto no cuela que yo sea su autora, con lo cual sigo quedando fatal. Y la verdad que me da pena, porque me encantaría hacer unos bonitos paquetes de regalo, pero bueno, si al final lo que importa es lo que hay dentro no sé por qué hay que darle tantas vueltas. Y este año sucedió lo mismo. Pero es yo creo que fue rizar el rizo o planchar lo alisado, que se lleva más. Mis paquetes como siempre, penosos. Pero los de ya se sabe quien, aquello era algo nunca visto. Papeles lisos y atados todos juntos con un cordón plateado y el remate final, una esponja de baño de colorines, una con un coche, otra un barquito... Algo que de verdad, digno de fotografiarse, pero no, todos como aves de rapiña, a abrir los regalos, por lo que no dio tiempo a la foto, que yo decía, que esperéis un poco, que quiero una foto, pero nada, que si te descuidabas te abrían los tuyo y se apropiaban de todo, que son buenos. En conclusión, que como todos ya sabéis, el interior es lo que cuenta, sea de las rosquillas, los paquetes de regalo o las personas, aunque las rosquillas redondas, los regalos bien presentados o un hombre bueno e inteligente, pero con la cara de Brad Pitt, el cuerpo de Cristiano Ronaldo y la Visa de un emir están mucho mejor.

lunes, 15 de febrero de 2010

Kilos y años

Mi sobrina La Mayor, es un poco obsesiva con la privacidad, por lo que nunca deja que cuelgues una fota suya en internet. Su madre, en cambio, dice que si está favorecida, no le importa, a lo que su hija le contesta que nunca se sabe si usaran esa foto para el antes del después. Su madre le responde, que jamás le sucederá, que ella siempre sería el después, a lo que su primogénita apostilla que cuando la autoestima llega hasta el techo hay que tener cuidado de que no se desplome y llegue al sótano. Pero no hay por que ponerse tan dramáticos. Yo, antes de Navidad, pesaba tres kilos menos, después son tres más. Antes de Carnavales, pesaré tres menos de lo que pesaré después. Pero viene la Semana Santa y me pasará lo mismo. Con lo cual la pregunta es ¿Cuantos kilos pesaré antes del verano? y si gano otros tres, como en cada puente, vacación o celebración, cuando lleguen las próximas Navidades, ¿Qué será de mi? Es horroroso porque la figura maravillosa, o a mi me lo parece, que conservé todos estos años de repente ya no existe, soy un amasijo de grasa porque unicamente gané tres kilos en Navidades. ¿Hay injusticia mayor? Es decir, si pongo una foto mía de noviembre, la foto del antes, y otra de noviembre del año que viene, es decir, la foto del después, me separarán un montón de kilos, que en realidad sólo serán tres, pero multiplicados por todas las festividades del año. Terrible, si lo pensamos. Pero este antes y este después están a la inversa. Cuando se prometen milagros no es en este orden, sino el contrario. Con lo cual, mi foto del antes sería la del 2010 y la del después la del 2009, para que después te fíes de la publicidad, por algo dicen que es engañosa. Cambiaron el orden cronológico de mis fotos y se quedaron tan anchos, porque que yo sepa, la máquina del tiempo se quedó en la novela y las pelis, porque nadie hasta ahora consiguió viajar en ella y que me expliquen como alguien, los publicistas, se hicieron con unas fotos que ni siquiera me hice. Concluyendo, que mi sobrina es una inventadora de leyendas urbanas, porque nadie se apropia de tus fotos para esos menesteres y que mi pobre Juan no hace ningún mal colgando algún que otro retrato. Pero esa es otra. Si te paras a mirar en las fotos de toda tu vida, sobre todo cuando tienes una edad, te das cuenta que aunque te reconozcas en ellas, porque vamos ni estás pedo ni tienes tan mal la vista, sí te sucede una cosa, que resulta que te percatas de que el espejo te engaña, porque la de las fotos no eres tú. Vamos, que salvo alguna arruga que, bueno, hace unos años no estaba y la caída de la cara, de la que creo haber hablado en otra entrada, más o menos tú te encuentra como siempre. Hombre, no como cuando hiciste la primera comunión, que en aquel entonces todos los niños la hacíamos, pero más o menos como fuiste siempre desde que ingresaste en la edad adulta. Pues no, siento decir que no es así, pero ni remotamente. Puedes mirar las fotos de cuando estabas en la Universidad y verás que no, que esa cara no es la tuya. Mira después la de la boda, que también por aquella época nos casábamos todos, y verás que pasa lo mismo, aunque bueno, no mires para el traje si te casaste en los ochenta como yo, porque, ¡qué daño a la retina pueden hacer aquellas hombreras!, que barbaridad. Pues tengo que repetir mil veces que no, que la de las fotos no eres tú, que tú eres la que está en el espejo ahora, vamos, que no vale la pena retratarse, porque si trato de recordar mi pasado, me veo a mi misma con la cara de ahora. Por lo cual, no creas como hice yo a una antigua compañera de bachillerato que me encontré hace poco, después de veinte años sin vernos, que no se cansaba de repetir estás igual que siempre, porque es falso. No le creas a quien te diga que tienes la misma cara que cuando eras pequeña porque no es cierto, ni a tu chico que te dice que tienes la misma sonrisa que cuando te conoció. La de las fotos y tú sois dos personas distintas, por mucho que te pese. Así que ya sabes, cuando preguntes espejito, espejito, quien es la más guapa del reino, no esperes que te conteste, Blancanieves, no, porque Blancanieves ya creció y se convirtió en bruja, que es como nos sentimos las mujeres de cierta edad, cuando miramos las fotos del pasado.

martes, 8 de diciembre de 2009

Ejercicio II

Ya se sabe, todo es cuestión de modas y en los pueblos sucede lo mismo. Pero no voy a hablar de que los chavales usen calzoncillos debajo del bañador en la playa. No, eso lo haré en otra ocasión. Esto va de ejercicio físico, pero hay que tener un poco de paciencia. Primero fueron los paseos marítimos, que no hay pueblo costero que se precie que no lo tenga, aunque no lo utilice nadie, aunque el mar lo barra de lado a lado, porque muchas veces son pasillos, no paseos, o que se pudran, como en mi pueblo de adopción, y te rompas la crisma cada vez que intentas hacer lo que su nombre indica, pasear por él. Si no hay mar, pues hay río y también se hace paseo marítimo y ruta de senderismo, esa es otra, que las rutas te llevan a veces a una carretera y tú preguntas, pero bueno, ¿qué había qué ver aquí? Pues nada, que se hace camino al andar y sólo se trataba de andar, no de ver nada. Que también somos a veces de un exigente...Pues eso, que después de los paseos vinieron las piscinas. Nada que ver, porque son de lo más práctico. En el mar es imposible bañarse, ni en invierno ni en verano, cuando pasas de los catorce años. Todos sabemos la razón. El agua. No es que esté contaminada, no, es simplenmente porque está helada. Cuando eres niño no te enteras. Es como con los Reyes Magos o el Ratoncito Pérez. Cuestión de fé. Miras al mar y piensas, toda esta inmensidad está aquí para que yo, niño afortunado, me pueda bañar. Y lo haces y disfrutas. Pero cuando vas creciendo y dejas de creer en lo Reyes, en los Magos y en los otros, te das cuenta que el mar es para mirarlo, para admirarlo, para que salga la vena poética e incluso para pescar mientras queden pescados y, como mucho, para mojarte los pies y eso con precaución, que los sabañones están haciendo guardia para poseer nuestros dedos, en nuestro idioma autóctono, dedas. Y hete aquí que a alguien se le ocurrió lo de las piscinas. Y pasamos de no tener ninguna a que cada pueblo tenga la suya. Pues todos a bañarse. Pero claro, antes hay que aprender a nadar, porque aunque parezca una obviedad que quien tiene mar sabe nadar, pues es falso. Pero ahora no voy a comentar las razones antropólógicas de por qué en los pueblos marineros hay varias generaciones de hombres y mujeres que no saben hacerlo. No lo voy a hacer, no porque no lo sepa, que lo sé, sino porque no me apetece nada y sería de lo más aburrido. No, voy a hablar de ejercicio físico, leñe. Hombre, que ya tenemos piscina, me dice Pomelo un día de invierno. Ya, le contesto, pero me da pereza. Pues no, que al final me dejé convencer y acabé con mis huesos recubiertos de carne, ultimamente más, que estoy engordando, en el Decathlon para aprovisionarme del equipo de baño adecuado y de paso para una comida de La Pandilla. Pues que si la matrícula y el bono familiar, que para eso somo quienes somos y el carro siempre antes que los bueyes, o como sea el refrán, que cada vez se está complicando más esto. Pues a nadar. Pero había un problema. El Pomelo, que no sabía. Sus razones no tienen nada que ver con las históricas, no, era un problema de timidez. Y por no enseñar la cara, pues que aprendió a bucear y le llegó. Pero para la piscina eso no valía, porque sumergirte con un tubo y dedicarte a hacer largos por debajo del agua, quedaba feo, es más, hasta alguna señora te puede dar golpes con el gorro y llamarte pervertido. Pues que tengo que aprender, me dice. Y ni corto ni perezoso se apunta a un curso de aprendizaje. Pero claro, no todo podía ser tan sencillo. Resultó ser el único hombre en medio de tropecientas marujonas entradas en carnes y en años. Me preguntareis, y si no lo haceis hacemos como si tal, ¿y los hombres que nombrabas que nunca aprendieron? Pues no están en el curso, por supuesto, que antes ahogados que pasar por la vergüenza de reconocer su ignominia. Pero mi Pomelo no. Con dos .... flotadores, digamos. Ni siquiera le amilanó ser el más burro de la clase, porque sus compañeras ya llevaban varios cursos intensivos. Y poquito a poco aprendió a nadar. Y a renadar, porque siempre fue muy exagerado y ahora nada mejor que yo, que el idiota que se reía de verlo en la calle de los iniciandos y si me descuido casi mejor que el monitor, que para eso se bajó miles de videos y se compró otros tantos libros del arte de nadar. Y cuando ya estábamos satisfechísimos, porque ya íbamos a cursos de perfeccionamiento, a quedar con los compis de cursillo y a saber todos los cotilleos, nos cierran la piscina. Ahora la abrieron de nuevo, pero perdimos el ritmo y aunque llevamos pagando seis meses rigurosamente las cuotas, todavía no empezamos la nueva andadura, mejos dicho, nadadura. Ocasionalmente voy yo alguna manaña, pero hay un problema. Que las mañanas están llenas de jubilados desocupados que no saben en qué pasar el tiempo y ocupan las calles y te dan conversación y quieren hacer peña y no, yo voy a hacer ejercicio...y a contemplar al nadador solitario de bañador mínimo y espaldas anchas que ocupa la calle central, la de nado rápido, que me hace desear el tubo de buceo de mi Pomelo.

sábado, 28 de noviembre de 2009

Ejercicio

Dicen que el ejercicio físico es fundamental para la buena salud física y mental, así como básico para mantener un cuerpo flexible y firme. Pues hasta tendrán razón y todo. Lo que está claro es que unos nacen para sacrificarse y disfrutar con ello, es decir, masoquistas y otros para cultivar la buena mesa y el descanso. Pero como al fin y al cabo recibí una educación cristiana, pues no me quedó más remedio que enfrentarme al hecho de que hay, de una manera o de otra, que mortificarse. Este convencimiento me vino con los años, parejo a la decrepitud de mi físico. Fui de las pocas personas que suspendían gimnasia y no por ser excesivamente torpe, sino porque aquello me parecía un horror, que si volteretas laterales, que si saltar el plinton, aquel instrumento de tortura lleno de cajones, que si la barra de equilibrio y lo peor de todo, el pino, en que dos de tus compañeras te sujetaban la piernas allá arriba y tú cabeza abajo.... Es decir, yo que cada vez le tengo más miedo al avión por no poder ser el piloto, ¿iba a consentir, en una posición que desafía a la gravedad de esa manera, perder el control para dejárselo a dos condiscípulas? ¿y si les caía mal?¿y si les daba un mareo? Hombre ya, acabar con la cabeza contra el suelo y reventar como una cidra cualquiera, no faltaría más. Por todo ello se amargaron mis días de instituto. Hacerme un esguince en un pie es lo que deseaba más en el mundo. A todo esto, vestida con un horroroso chandal como de espuma. Ahora si lo pienso, no estaba mal el diseño, muy setentero, pero el tejido..., se pegaba a todas partes y al mismo tiempo quedaba rígido, frío, tan sintético que da dentera pensárselo y de color azul marino con una raya blanca en el pantalón y dos en el cuello de la chaqueta. A todo esto cámbiate en unos vestuarios gélidos, eso en la segunda época de mi bachillerato, que en la primera teníamos una habitación de una especie de garaje. Una tortura. Lo que no sé es lo que llevábamos en los pies. En cuanto pude me olvidé de todo esto. Pero hete aquí que vienen los años noventa y con ellos la moda de los gimnasios y de estar tonificado, delgado y duro. Allá me fui al gimnasio. No contaré que fue un éxito, que me reconcilié con el ejercicio físico, y que esculpí mi cuerpo como una modelo, bueno no hay que exagerar, pero vamos, que me sentó de maravilla. Claro, nada que ver con el chandal de espuma. Por aquel entonces se llevaban las mallas de licra. Un poema. Qué monos eran mis conjuntos. Malla entera con body-tanga por encima. Malla a la cintura con body de cuello alto en azul eléctrico. Y varios así. No tengo fotos, mejor. Fueron unos buenos años, en los que hice buenas amistades y descubrí que un abdomen liso es bueno para todo, hasta para entrar en quirófano en la camilla, no de cirujano que por ver Anatomía de Grey no te dan el título. Pero el gimnasio cerró, por lo que me quedé sin mis horas de ejercicio, aunque bueno, yo tenía a mi primera perra, por lo que daba grandes paseos por el monte. Como no quiero aburrir, diré que cuando me quedé sin la ultima perra, porque mi mala suerte con los animales es proverbial, se acabó mi etapa andariega. Únicamente los paseos por la playa en verano, esos paseos que tanto añoro ahora en invierno, con buena lectura y accidentes digitales. Pero en mi horizonte deportivo aparece la piscina. Pero esto se está haciendo muy largo y lo dejaré para otro día, porque lo de la piscina no tiene desperdicio. Pero, ¿dónde se vio que entre largo y largo tengas que saludar? Que me están volviendo loca estos jubilados.

viernes, 27 de noviembre de 2009

Nostalgia

Parece ser que cuando te vas volviendo mayor, recuerdas con mayor precisión los aconteceres de tu vida. Yo tengo muy mala memoria, es más, no recuerdo casi nada. Tengo amigas que rememoran con total exactitud aquel día de verano, lo que llevabas puesto y el estado de la mar. Yo no, no sé si el día era lluvioso, si mi pantalón era vaquero o llevaba una de aquellas faldas largas indias que usé en los primeros años de mi juventud. Es más, ni recuerdo aquel día ni aquel verano ni nada que se le aproxime. Nunca me importó demasiado, nunca fui muy dada a recordar hasta que me volví "más mayor". Total que más daba, si contaba con aquellas amigas elefantes, no por su volumen, sino por su memoria. Siempre hay ayudas para los recuerdos. Las fotos, por ejemplo. Ahora con lo digital, no hay problema ninguno, tiras cien fotos y captas cada gesto, cada inflexión de la cara. En mis tiempos, de carrete y costaba dinero revelarlas, con lo cual había que mirar mucho lo qué afotabas. Hay gente muy cuidadosa, que tiene sus fotos en álbumes, en la estantería y sin polvo. Yo no. Mis antiguas fotos en papel, están en una caja de zapatos algunas, otras posadas en una estantería, porque se van a escanear algún día que nunca llega y las más en cualquier montón de papeles encima de alguna mesa, porque se cogieron para mirar o enseñar y nunca más volvieron a su sitio. Perdí una foto estos días, una foto que me rescataba un recuerdo. Pero me es igual. Si llego a ser vieja de verdad, como mi genética me lo indica, me acordaré de aquel día y de muchos más. Pienso que podré acordarme del pasado como si fuese una película. Y si no es así ¿a quien le importa? ¿De qué valen los recuerdos, si no están las personas con quien los viviste para poder compartirlos?

domingo, 8 de noviembre de 2009

Pequeñas transgresiones


La vida se compone de pequeñas transgresiones. Y ojo, o como vi un día en un letrero de advertencia para que fuese más efectivo, ¡¡HOJO!!, que ya son ganas de complicarlo todo, que ya hablaremos con calma de la ortografía, porque ahora estamos hablando de moral, pues eso ¡ojo!, que digo pequeñas, porque si fuesen grandes estaríamos hablando de delincuencia y hasta ahora somos todos muy honrados. Los pequeños hurtos, por ejemplo. No sé si será en todas las épocas, pero en mi muy reciente juventud estaba de moda la mangancia, es decir, el afanar en las tiendas. Curiosamente, cuanto más pijo se era más se mangaba. Recuerdo que se contaba con gran admiración, que unos amigos, que iban a un renombrado colegio de pago, se habían llevado una tienda de campaña que estaba expuesta en unos almacenes de la capital, de nuestra capital, ya desaparecidos: Simago, a los que la gente apodaba "Simango". Por aquel entonces, a mí ya me parecía excesivo y ahora, por supuesto, me parece un puro disparate, pero eran los finales de los setenta, cuando la gente necesitaba alguna vía de escape del orden establecido, máxime estando en el final de la adolescencia. Yo, la verdad, nunca fui muy ladronzuela, no sé si porque mi rebeldía la encauzaba de otras maneras más idealistas o bien porque nunca fui demasiado hábil en eso de poner cara de póker, pero creo que me llevé una chocolatina de un supermercado y una camiseta, pero eso ya en la edad adulta y fue porque se me quedó en el fondo del carro. Ah, y un calendario del Papa en Roma, pero porque había unas colas muy largas en el puesto de souvenirs y como seguro que la Iglesia se llevaba royaltyes, pues eso, que ya bastante nos habían cobrado en el Vaticano y por la molestia de tenerme que cubrir los hombros con una bolsa de la compra. Pero sí que en todos nosotros hay un punto canalla. Recuerdo que las latas de anchoa y otras delicatessen para nuestros paladares estudiantiles provenían del arte rateril de nuestro cocinero y su pinche, que después se tomaban un vino a la salud de los comensales, que para vinos y copas siempre hubo, vamos hombre, que hay que disfrutar de los años mozos, que pronto se acaban y que con el tiempo, por un gintonic compartido con una buena amiga acabas con una resaca que te dura dos días. Lo que nos volvemos con la vida ordenada. Pero no sólo de pan vive el hombre ni de robos cutres tampoco. El adulterio ya no se contempla en el código penal, pero sigue sin ser nada recomendable para la estética de la cabeza. En teoría, todos le somos fieles a la pareja, pero un coqueteo con el del puesto del mercadillo o un intercambio de mensajes con un viejo amigo o una conversación subida de tono en un chat o por el facebook, no son infidelidades ni motivo de separación, pero sí son parte de los pecadillos de la vida cotidiana. Es como la alimentación sana. Yo soy muy estricta con lo que como, procuro tener como base de mi dieta fruta y verdura, proteína de calidad e hidratos de carbono, en su justa medida. Pero claro, hay temporadas, estados de ánimo y situaciones de la vida. Que estamos en otoño, los días se acortan, la luz cada vez es más escasa...y se acerca la Navidad y yo adoro los polvorones, y el turrón de chocolate y el de Jijona y todos, todos, todos los dulces de esta época, excepto el mazapán, aunque si es muy bueno hasta lo tomo. Otra transgresión más. Pero vayamos a las conclusiones. La vida se compone de esos momentos, de aquel día que nos fuimos del bar sin pagar ( ya contaré en otra ocasión como nos vino a buscar el camarero a la calle) , de coquetear con el portero de la discoteca para poder entrar gratis, de meterte vestida en la cama para que tu padre no se diese cuenta de que acabas de llegar a las cinco de la mañana, de decirle a tu mejor amiga que no te apetece demasiado salir porque esperas que te llame el chico del que te enamoraste perdidamente el día anterior ... De mentiras, engaños y desleataldes se compone la salsa de la vida, que aunque de yogur y de honradez sea más sana, de vez en cuando hay que añadirle una pizca de pimienta. Pero cuidado, que el picante en exceso es dañino y que ver una comedia romántica debajo de una manta en una tarde de domingo lluviosa, con tu pareja de toda la vida, no hay dinero que lo pague; aunque bueno, caminar subida a unos Christian Louboutin del brazo de George Clooney por las calles de Nueva York no sé yo...

sábado, 24 de octubre de 2009

Piropos



Frente al trabajo de Juan hay una obra. Esto suena a peli de terror o por lo menos de intriga, pero nada de eso. Es una obra normal y corriente. Eso sí, con fondos públicos, por lo que es una macro obra. No se cual es la razón, ni aquí importa para lo que voy a contar, porque si empezamos a darle vueltas a todo no acabamos más, pero los operarios son portugueses. De todos es sabido que aunque el pueblo vecino es un país maravilloso, con gente afable y ricos manjares, que adoro Portugal, pasé muchos buenos momentos de mi vida en el país vecino, por mis venas corre sangre portuguesa y tengo raíces en ese país hay que reconocer que llevan un pelín de retraso social con relación a nosotros, es decir, que se vive como vivíamos aquí hace años. Ya sé que esto no es políticamente correcto, que acabo de hacer lo que critiqué en la entrada anterior (a la que no voy a enlazar porque está aquí abajo y además porque acabo de aprender a hacerlo y me lío), pero pienso que es así. Bueno, pues después de tanta justificación, a lo que iba. Pues que los obreros son como eran los obreros antiguamente, que a toda mujer se la homenajea al pasar. Esto suena al más deleznable machismo, porque lo es, hombre todavía recuerdo cuando en mis tiempos mozos no podías pasar por un aserradero vecino porque los operarios te lanzaban los mayores improperios y corrían detrás de ti y cosas así. Por supuesto no dijeras nada que ibas provocando. Esto era así hace algunos años y era espantoso, te creaba inseguridad, te hacía sentir culpable y te hacía pensar que no era justo lo que vivías. Pero por fortuna en la actualidad ya no es así y lo que hacen los portugueses en cuestión no tiene nada que ver con eso. Juan dice que son muy elegantes, que no dicen ninguna ordinariez y que si las dicen son en un portugués tan cerrado que no se entiende. Tienen una buena organización, como si se tratase de parte de su trabajo. El primero que ve al objeto de admiración, lanza un silbido que es como el aviso general y a esto se suceden gritos, silbidos más largos y aullidos varios. Con el verano el calor aprieta y la gente anda con ropa más fresca, las ventanas se abren para que entre el aire, con lo cual las voces de la calle llegan con mayor facilidad. Según sea lo que se oye así se detectarán movimientos en el edificio de enfrente a la obra. Habrá que asomarse a fumar un pitillo, los fumadores, o a respirar aire fresco los no fumadores. Cuando el jolgorio exterior es mucho ya no hay disculpa que valga, hay que acercarse a las ventanas como sea, así está atendiendo a una persona o esté terminando un trabajo en el ordenador, lo más importante es ir, como sea, a ver lo que sucede fuera y si hay algo digno de inmortalizar, porque ya puestos, tirar una foto no cuesta tanto. La obra en cuestión está al lado de un paseo marítimo, por lo que el tráfico viandantil es muy fluido. Yo me imagino que a las chicas jóvenes les incomodará pasar por ahí, como a mi me sucedía con el aserradero en cuestión, pero para las que tenemos mas edad la disyuntiva es diferente. Si paso y me dicen algo, me tengo que indignar y llamarles machistas, energúmenos y cosas por el estilo, porque en estos tiempos no voy a consentir que se denigre a la mujer, pero, ¿ y si no me silban? Vamos, que yo este verano no fui ni una sola vez a esperar a Juan, por lo que pudiera pasar. Aunque bueno, ¿qué es un albañil frente a un camionero? Que como piropeadores a estos últimos no les gana nadie, que una cabeza asomándose por la ventanilla, con el poderío que da llevar entre las manos el volante de pedazo de camión, no lo supera ningún cinturón de seguridad del andamio. Que me diga alguien si un albañil podría decir "Con ese movimiento de culo te va a salir la caca mareada" Ya sé que es una grosería, pero yo casi me muero de la risa cuando lo oí y eso que era jovencita. Por supuesto lo dijo un camionero, que disminuyó la marcha para que lo pudiera oír. ¿Y el sonido de un claxon?, no hay silbido que lo supere. Sí, yo me declaro defensora de este gremio, que después de los bomberos ocupan el puesto más alto en los mitos eróticos de estos dos últimos siglos, porque si nos remitimos a tiempos pretéritos no se si podrían competir con los Mirmidones, por ejemplo. Que se me va la olla. Pues sí, que una ya está mayor y cuando este verano llevaba yo la basura al contenedor de camino a la playa y una ráfaga de viento indiscreta me subió el kaftán, lo que menos esperaba yo era oír el sonido de una bocina para llamar mi atención y que pudiera ver el gesto de admiración que me hacía el conductor del enorme vehículo que circulaba a mi vera. Pues, digo una cosa, que así sean como el de la película de Spielberg, benditos, por siempre, benditos camioneros.

lunes, 24 de agosto de 2009

Tópicos II


Me encantan los números romanos, aunque si lo pienso un poco ¿hay a alguien a quien no le gusten? Es que queda mucho más bonito en el título poner "Tópicos II" que "Tópicos 2" Sí, son preciosos aunque de pequeños haya costado aprenderlos, la verdad, que lo de pasar a de tres a cuatro era un poco complicado y lo de cincuenta y quinientos me costó trabajo, es más tendría que pensar para saber cual es cual. Quién es quién, eso sí que es más difícil es este mundo de hoy en el que las apariencias rigen casi toda nuestra vida. No sé si a alguien le habrá pasado pero se produce un fenómeno esquizofrénico cuando estás hablando con alguien que no conoces demasiado y te das cuenta que se está comportando de una manera que induce a la confusión. Me explico, no es lo de, "Jasusa, cuanto tiempo sin verte" "Perdone, pero no se quien es usted". "Mujer, claro que lo sabes, que estuvimos juntas trabajando en aquella casa y tú eras la que tenía aquel problema de gases." Esto le pasó a una persona que yo conozco, tan fina y glamurosa ella que casi le da un desvanecimiento cuando oyó lo que acabo de relatar, sobre todo si pensamos que las palabras utilizadas no eran exactamente las escritas por mi. Pero no hablo yo de una confusión de este estilo, porque naturalmente a esta pobre chica la habían confundido con otra. No, hablo de un algo que no todo el mundo capta, porque no todos tienen una sensibilidad como la mía, todo hay que decirlo sin rubores y sin falsa modestia. Estás hablando con alguien y te das cuenta que te está dando información que no has pedido, porque únicamente quieres comentar lo buena que está el agua, que te llega a las rodillas, en esa tarde maravillosa de playa. Pues no, erre que erre a contarte todo el currículum académico de familia y amigos. No lo entiendes, pero lo terminas percibiendo, por razones ajenas a tu voluntad esta persona te está transmitiendo un mensaje muy claro, que te obliga a reflexionar sobre la imagen que sin quererlo estás dando de ti misma. Este es un tópico más de tantos, juzgarte por tu apariencia, por tus gestos o por la lengua que puedas hablar en un momento determinado. Es muy complicado relacionarse, con lo fácil que sería si todos llevásemos un indicador de estado como en los Sims. Tengo un diamante verde sobe la cabeza, eso quiere decir que me encuentro a gusto, que se cambia a amarillo, o es que me muero de hambre o es que me estás aburriendo de mortandad instantánea. Pero no es así, en la vida hay que disimular, disimular porque no quieres hacer daño, porque tu puesto de trabajo peligra o porque no quieres quedarte solo. Aunque hay otros tópicos más enervantes que normalmente suelen ir unidos a la intolerancia. "Mis mejores amigos son gays" esta es una frase que se oye mucho, tras la cual suele ir un "pero": no deberían dejar que se casaran, no deberían adoptar y cosas similares. Siempre me he preguntado y tus íntimos amigos gays, ¿qué dicen a eso?, hombre que cada uno piense como quiera, pero que no se intenten ocultar comportamientos homófobos con amistades inexistentes, vamos que dudo mucho que amistad y "si son tronchantes","si yo me parto de la risa con la pluma que tienen" sea compatible. Hay también otro tópico que no sé que tipo de conducta enmascara, pero que también me parece de lo más estúpido. "Pueden decir que no creen en nada, pero cuando uno se va a morir, todos en su interior se vuelven creyentes" ¿Pero cuantas veces te has muerto? te dan ganas de preguntarle al decidor de esta estulticia. Pero después están las realidades, siendo la mayor de ellas que en tu vaso de bolis puede haber mil rotuladores, de punta gruesa, indeleble, fluorescente, finísimo, azul, negro o pistacho pero jamás habrá un boli normal, de los de toda la vida, un bic naranja o un bic cristal, "dos escrituras a elegir, bic naranja escribe fino, bic cristal escribe normal".

miércoles, 29 de julio de 2009

Tópicos






Hoy, como está un día un horrible y no puedo ir a la playa, decidí dedicarme a las tareas del hogar con más afán que otros días, pero después pensé que no, que de vez en cuando hay que disfrutar de las tardes lluviosas del verano para hacer todas aquellas cosas que sí hacemos durante el invierno pero que en la estación cálida omitimos porque no tenemos tiempo. Lo cual es una mentira, porque este año no existe el verano, por lo que estoy llevando casi la misma vida que en invierno, lo que no deja de ser otra buena disculpa para concluir que hoy no tenía ganas de hacer nada y que a lo tonto me estoy pasando la tarde holgazaneando. Tanto holgazaneé esta tarde que hasta me cansé de escribir y dejé la entrada a medias. Pero como el mal tiempo sigue continúo en casa, sin ir a la playa porque además tuve un eritema solar por lo que eso de aprovecho en la terraza un rayito y me bronceo un brazo, ya no, porque tendría que untarme de crema y el esfuerzo no me compensa, ya dije lo vaga que estoy este agosto. En agosto frío en el rostro, dice el refranero, pero también dice zapatero a tus zapatos. No voy a hablar del presidente, aunque con la política tan convulsa que tenemos ultimamente si hablas de algo que lleve Z ya piensan que estás hablando del Gobierno, cuando tú lo que querías era hablar de unas sandalias de tacón alto o del zorro, por ejemplo. Pero yo tampoco quería hablar de calzado, que ultimamente no se porque razón me da por los zapatos, a pesar de que nunca tuve demasiado interés por ellos, que a mi lo que iba era Yo Tarzán y tú Jane, o sea, andar descalzo, quería decir, que ya me empieza la dispersión, no sé por qué. Por cierto, que para mí Tarzán siempre será Johnny Weissmüller, hombre, que me dio mucha pena que acabase en el geriátrico dando gritos de tarzán por los pasillos, que supongo que a las cuidadoras se les derribaría un mito. Pero a mí no, que, con permiso de Burroughs, Tarzán siempre será Johnny. Pero tampoco quería hablar de Tarzán que yo quería hablar hoy de tópicos, bueno hoy no, el día que empecé la entrada, pero como ya pasó un tiempo, pues no me acuerdo que quería contar. Tengo apuntado en mi libretita de notas, que es monísima por cierto, aunque el otro día la malvada de Volty le decía a una buena amiga mía," que penita de agenda, tan bonita y la estropea con una letra tan horrorosa, se la regalé yo, pero ya me pesó". No creo que gastase mucho, porque mi hermana tendrá muchas virtudes, pero espléndida nunca fue, pero en fin, lo que tengo apuntado es : Tópicos y asignaturas pendientes. No tengo ni idea a lo que me pude referir cuando apunté eso. Bien, ya me volví a perder. En una tarde como la de hoy nos hallamos en los ordenadores, cada uno haciendo sus cosas, cerca, porque las mesas están el L, colocados de tal manera que tenemos independencia pero podemos comunicarnos. Caramba, acabo de dar las claves para que una pareja funcione, ni que yo fuera la srta. Francis. Bueno, pues a lo que iba. Estábamos mirando una foto de mi medio pomelo, cuando se me ocurrió hacer una recreación propia. Yo creo que me quedó bien, aunque él me dijo que era una chapuza, que no consistía la historia en poner, superponer e iluminar o algo parecido, dijo, que antes había que hacer la foto y después saber lo que se quiere hacer y no ir a lo loco y que además es muy fácil decir pon y sube y baja sin tocar nada. De ahí lo del refrán de antes, pero como el refranero sólo es indicativo de la sabiduría popular que no siempre va pareja con el acontecer de los tiempos y con el photoshop, pues yo creo que me quedó bien bonita, más bonita que la que hizo el fotógrafo que la tiró. Y la demostración está aquí, la foto original, la foto que construí y la que retocó él, pero no en el mismo orden forzosamente.

domingo, 12 de julio de 2009

John Doe


"Es increíble, pero este señor está más integrado en el pueblo que nosotros", me decía Juan ayer, cuando fuimos a dar un paseo por la feria del mar o algo así que había en el pueblo-ayuntamiento al que pertenece la parroquia en la que vivo. Es en esa población dónde vivimos muchos años antes de trasladarnos al rural. Por cierto que eso de que el sol quema, abrasa y te deja la piel a tiras es verdad. Salí toda mona y veraniega con una camiseta sin mangas para lucir mi moreno y resulta que llegué como un camarón en escote y hombros, vamos que este sol es de un traicionero que te decepciona, porque si ahora hasta hay que salir con protección para tomar una caña, que casi estoy por contratar unos escoltas que me protejan, porque con sombrilla hay que salir. No quiero ni contar como se le puso la cabeza al pobre de Juan, porque sin protección capilar el sol se vengó a gusto, pero eso fue por terquedad, no por descuido, que yo bien que le advertí, pon una gorra, que no está tu azotea para exposiciones temerarias. Ni caso. Pues yo quería hablar de este señor, que se me va la cabeza. Resulta que es un inglés jubilado que se vino a vivir con su mujer al pueblo vecino. Y claro, como si de una serie se tratara, se integró de tal manera que ahora es el hombre más feliz. Se relaciona con todo el mundo, saluda a todo el que pasa. Parece ser que es músico y se pasa parte del tiempo tocando la guitarra bajo los soportales, cantando bajito. También juega al ajedrez con todo el que, en la placita dónde sienta sus reales, se quiere acercar a jugar con él. Pero no debe de ser un bohemio, porque se compró un piso, que no se trajo una roulotte ni se instaló debajo de un puente, que mal se lo vería yo, porque muchos puentes por aquí no hay, excepto el de las Letras gallegas que siempre pasan mi hermana y sus hijas en mi casa, salvo si cae en fin de semana. De la historia de este buen señor no sé nada, porque todavía no me documenté, pero me la imagino sin conocerla. Viene de una ciudad como Liverpool, que suena a Beatles, de ahí su afición a la música. Trabajaba en una fábrica apestosa y cuando pudo dejar esa vida decidió huir a un lugar lejos de su país, a uno dónde el clima fuese parecido pero no tan crudo. Su elección tenía que ser Galicia, por supuesto, con una humedad y una luz parecidas a las de su hogar, pero con un clima más suave y una gente menos fría, igual de ruda pero con una calidez que hace que se forjen amistades de verdad. Conoció la "muy noble y muy leal" en un viaje con su mujer hace años. Paseando por sus calles decidió que bajo sus arcos tenía que pasar sus años de retiro y en cuanto pudo, vendió todo lo que tenía y se vino. Pasa muchas horas paseando, disfrutando del olor a mar, conociendo a sus vecinos, convirtiendo el pueblo en su hogar. Si hasta forma parte de una agrupación pequeña de músicos en los que tocan por el placer de hacerlo, de pasar la gorra, pasar un rato cantando y despues tomarse unas tazas y echarse unas risas. Yo lo vi ayer por primera vez, me lo enseñó Juan mientras nos quemábamos. Hace tiempo que nosotros estamos buscando un lugar para cuando nos jubilemos. Ya lo decidimos, un pequeño pueblo en Italia, dónde el clima sea suave, la luz brillante, dónde se pueda pasear por la calle sin que todo sea gris y húmedo alrededor. Dónde el idioma no sea un obstáculo y se puedan comer buenas verduras y sabrosos quesos. Allí si que estaremos integrados, le contesté yo a mi medio pomelo, porque para estar integrado, que la gente te sonría, que te abran sus casas y sus corazones, tienes que ser extranjero. Para que alguien pase un rato de su tiempo inventándose tu vida tienes que ser ajeno, con el vecino ni nos molestamos en darle los buenos días. Nos iremos a Italia, queremos tener un lugar en el que sentirnos en casa lejos de ella. Además siempre nos invadirá en mayo la familia.

martes, 30 de junio de 2009

Listas

De pequeñas, cuando nuestro color preferido coincide con el de nuestra mejor amiga, es la pera en almíbar, que por cierto, me salen buenísimas. De mayores, no es que no tengamos color preferido, que lo seguimos teniendo en nuestro interior, sino que según para qué tenemos un color u otro. Para decorar la casa escogemos el que mejor nos va con su estructura, su estilo o esas ventanas que nos entusiasman o miles de historias que todo el mundo conoce y que me aburre seguir poniendo ejemplos, vamos que quien me lee no es tonto y si lo es, pues no vuelve porque no entiende nada, porque soy consciente que a veces cuesta seguir el fluir de mi prosa. Con el vestir nos pasa lo mismo, hay colores que nos favorecen más y otros menos y aunque te encanta el color beis, que es inimaginable pensar que nadie pueda tener por color predilecto el beis, pues no lo usas porque te queda fatal. Porque esa es otra, a casi todos nos gusta el mismo color, el verde. Y si no el azul. El rojo a poca gente y el amarillo a menos. A mi el rojo me gusta en decoración para dar una nota de alegría. Tengo un sofá rojo, una pared roja y unas cajoneras también de ese mismo color, pero pocas prendas de vestir tengo de ese color, tuve un chaquetón y una gabardina pero ahora ya sólo tengo un jersey y por supuesto un pantalón. El azul es aburrido, de azul marino sólo visten los hombres y las timoratas. Distinto, es el brillante y favorecedor azul cobalto o algo así, porque de colores no entiendo nada, es más hay verdes que veo azules. Pero a lo que iba, que no era hablar de esto, pensaba hablar de preferencias o mejor dicho, de las listas de preferencias. En todos los foros de internet, siempre nos encontramos con posts abiertos en los que hay que nombrar tus diez novelas o películas o canciones o actores, según el tema de ese foro, preferidos. Yo la verdad, no suelo participar, porque ultimamente me aburren los foros, pero ese es otro tema y porque nunca consigo recordar cuales son mis diez preferidos, y si no lo recuerdo es porque no los tengo, digo yo. Diez es mucho. Como mucho dos. Pero pasa como con todo, a lo largo de la vida vamos cambiando nuestras preferencias y nuestros gustos, si no ¿por qué se cambia tanto de pareja, de trabajo o de casa? No nos pongamos trágicos y hablemos de despidos, cuernos o desahucios que hoy quiero estar relajada y pensar que los acontecimientos de la vida dependen únicamente de nuestras elecciones. Pues eso. Mis comidas preferidas de niña eran caldo gallego y patatas rellenas de carne. Hoy ya no, prefiero las ensaladas y el queso. Hubo un tiempo en que mis pelis eran "2001" y "Gilda" pero antes lo fue Casablanca y más tarde Blade Runner y hoy, creo que no tengo pelis preferidas. Lo mismo sucede con los libros. Hay autores que me entusiasmaron en una época, pero hoy no volvería a leer, no porque no me gusten, sino porque me gustan más otros, pero si algo es tu preferido eso quiere decir que te gusta más que los demás. Eso me sucede con "Cien años de soledad" La leí no se cuantas veces, porque durante varios años la leía todos los veranos. El otro día hablando de esto con mi sobrina La Mayor, le decía que si sólo pudiese leer un libro el resto de mi vida, sería éste, porque jamás me aburriría. Con las canciones es diferente. No estoy hablando ni de tipo de música, ni de tipo de literatura, sino que me remito a lo dicho, hablo del top diez, aunque en mi caso sería top dos o como mucho cinco. Pues eso, que me marcho de paseo y no "doy vuelto", las canciones. Estoy firmemente convencida que aunque digas que tu canción preferida es el aria más rebuscada de ópera que te puedas imaginar, porque eres muy listo e intelectualmente te entusiasma, eso no es verdad sino te la pones a cantar en cuanto la oyes. Las canciones de tu vida son esas que interiorizas de tal manera que en cuanto la oyes la tienes que cantar, estés dónde estés por lo bajini o en alto, pero las cantas. A mi eso me pasa, que recuerde, con dos canciones, con "Imagine" de John Lennon y con la "Chica de ayer" de Antonio Vega. No se si son mis canciones preferidas o no, pero las canto siempre. Lo más triste de todo es que no me pasa sólo con estas dos canciones, ahora que lo pienso, si no también con "Como una ola" de La Jurado. ¿Eso quiere decir que es una de mis preferidas? ¿Que la tengo interiorizada? Alien, no es una de mis pelis, pero la verdad, empiezo a saber lo que se siente cuando algún ser incontrolable late en tu interior.

miércoles, 17 de junio de 2009

A través del espejo


"Morrinche" le dijo una madre a su hija cuando una mañana, mientras ésta le ayudaba a vestirse, se vio los pies hinchados y amoratados. A la semana fue el entierro. Desde ese día, las hijas de esta buena señora se vigilan los pies al levantarse, por si hay que empezar a organizar el velatorio. Influenciado el subconsciente de una oyente de esta historia, la buena mujer se pasó toda la noche soñando que ese día se tenía que morir. Como Amaranta esperando la muerte, ella esperaba a su vecina que iba a ser su "matachina" y mientras curiosea por la ventana para ver toda la gente que llega para la "vela". La espera empieza a ser vergonzosa, porque tarda tanto que hace que todo el mundo desee que se muera de una vez, por lo que le dice a su propia hija que le de pequeños golpes con el hacha en la nuca para ver si así van adelantando el trabajo. Esto fue un sueño, pero no lo es cuando recorre el largo pasillo de casa con su madre del brazo, una madre completamente perdida que reniega de la mujer de enfrente porque le impide seguir recorrriendo el otro pasillo que se le presenta ante sus ojos, y que, aunque su hija le intenta explicar que es el espejo, la anciana sigue intentándolo todos los días. Sueño lo era también el que una solterona virgen soñase con que tenía un romance con El Pájaro Espino, pero la pesadilla era la realidad, cuando despertaba en el momento en que se iba a consumar el acto sexual. Cuantas vidas diferentes, vidas cruzadas en mis tertulias mañaneras, dónde me entero de infinidad de historias que trato de memorizar, pero como temo olvidarme ahora llevo un cuadernito en el que apunto alguna palabra clave que me haga recordarlas cuando llego a casa. Pero claro, me empiezan a mirar mal. El truco para estas reuniones es participar, no sólo estar escuchando y escribiendo. Pero ahora ya lo hago. El problema es que me miran como si estuviese un poco loca y la verdad es que a lo mejor pueden tener algo de razón, que la extravagante sea yo y no ellas. Les cuento mis avatares con los gatos, el loro o los problemas con mi hamaca nueva, que ya puestos, pues lo voy a contar aquí. Resulta que yo voy a la playa como toda buena habitante de pueblo de costa, en cuanto hace calor y brilla el sol. En la playa suelo hacer dos cosas. Pasear y leer. Todo eso es normal, pero no lo es tanto hacerlo a la vez. Lo mejor del mundo es pasear por la orilla mojándote los pies mientras lees. Si aprieta el calor, de los pies pasas a las rodillas y aun recuerdo aquel verano de hace tres años en que el agua estaba muy buena y hacía tanto calor, que paseaba con el agua por la cintura, mientras leía, claro. Tengo un grave problema. Necesito gafas de cerca para ver de un ojo, los años no perdonan. Pero soy miope y las progresivas no las llevo a la playa porque se rayan y son muy caras. Por lo que ando con dos pares de gafas, las ahumadas de lejos colgadas del bikini y las de cerca en la nariz, claro. Pero tanta luz me molesta para leer. Así que acabo de encargar unas gafas de cerca ahumadas, por lo que mis problemas de deslumbramiento se van a acabar. Con lo cual no se yo si el concepto de ahorro será muy acertado, porque al final manejo seis pares de gafas. Las progresivas, las de sol de salir, las de sol de playa (las de la calle de antes pero como estaban rayadas quedaron para la playa y me hice unas nuevas), las de cerca ahumadas y las de cerca de cama. Claro hay que contar las lentillas para cuando me apetece y las de sol para las lentillas. Pero no siempre estoy paseando, para eso tiene que haber muy poca gente en la playa porque si no chocas con los bañistas o tropiezas con una piedra y te queda un dedo tan negro que tienes que ir a urgencias y explicarle a un médico asombrado como te diste tamaño golpe. Aunque siempre voy a una playa bastante despoblada, a veces también me canso de pasear y me tumbo a leer. La arena es incómoda, por lo que decidí comprarme una hamaca, que no sea muy pesada porque aunque voy en coche después hay que bajar un camino lleno de maleza y de serpientes, esa debe ser la razón de que vaya poca gente a esa playa. Es preciosa, la hamaca. Verde Marujita y con tejadillo. Preciosa y un poco cantosa, pero lo malo que tiene es que es incomodísima. Desde que la uso termino con unos dolores de espalda horrorosos; además de que es muy dura es toda ella curvada, pero las curvas no coinciden con las mi cuerpo, por lo que en la espalda me queda un hueco que tengo que rellenar con la ropa y si me tumbo boca abajo me aplasta todo lo aplastable, pero con saña. Lo de la hamaca no resultó y voy a dejar de llevarla, pero mis contertulias ya estaban dispuestas a organizar una excursión a mi playa para ver esa joya para tomar el sol. Aunque pienso que también les atrajo un poco el hecho que aunque mi playa no sea oficialmente nudista, si es una playa bastante libertaria y convivimos perfectamente nudistas, seminudistas, textiles y lectores andariegos sin ningún problema. Y quien sabe, hasta pueden pensar que, como toda la vida los que pasearon leyendo fueron los curas, al que van a encontrar paseando por la playa y sin ropa sea al Padre Casares...

miércoles, 3 de junio de 2009

Cafés

No sé si será debido a la vida retirada que llevo, que cada vez que pienso en ella me doy cuenta que se parece mucho a una serie. Pero no a una telenovela, porque ni vivo en una hacienda con jornaleros a caballo, que me encanta la palabra jornaleros, no porque trabajen a jornal, que supongo que será su origen, pero no pienso mirar en el diccionario de la rae, que no me apetece nada, si no por lo que me sugiere. Es decir, hombres aguerridos y sudorosos pero limpios, porque el sudor, en caso contrario, pasaría a ser pestilencia, que se dedican a ir de unas tierras a otras porque son aventureros, o porque huyen de un amor desgraciado y se van en su caballo como el Virginiano o Trampas. Pues no, mi vida no es así, por lo que no me refiero a una serie de esas, que por otro lado no me gustan nada. No, mi serie es de otro tipo. Veamos. Ahora suelo ir por las mañanas a tomar un café o un té verde, según me apetezca, a una pastelería con mesas frecuentada por un grupo de mujeres. Un grupo variopinto, que es lo que me atrae de esta reunión. Están hasta las once y pico de la mañana, pero la hora a la que llegan no la sé, porque yo suelo ir a eso de las diez y media. Las edades van desde la treintena hasta alguna que estará en los setenta. Son mujeres de distintos niveles económicos, culturales y sociales. Van amas de casa, trabajadoras de la conservera de la zona, alguna mariscadora, maestras y sabe dios que más porque yo no las conozco mucho y no me voy a poner a preguntar. De algunas no sé ni los nombres. No hay un número fijo. Entre ellas tengo a una amiga, que es asidua y por la que yo empecé a frecuentar la tertulia. Pero lo que yo al principio juzgaba como un marujeo infumable, y por nada del mundo voy a esas reuniones banales, qué forma de perder el tiempo, hoy considero que son de lo más educativo. No creo que ellas se lo planteen así, pero yo sí y ya está. Lo más curioso es que son mujeres como tantas otras que vemos por la calle, pero si indagas un poco te das cuenta que cada una tiene su historia y como ya tienen una edad, cada una tiene su tragedia particular aunque a simple vista no lo notes. Una de ellas tiene una hija con síndrome de Down, una mujer sin formación académica de ningún tipo, ya que, como era costumbre hace años, en su casa sólo fueron al instituto los varones, pero a la que la vida la ha hecho espabilar y hoy la ves una mujer resuelta, que sabe moverse para tratar de darle lo mejor a su hija deficiente. Otra de ellas tiene a su madre con Alzheimer y ella la cuida. Una mujer que vivió una vida regalada, que estudió en los mejores colegios, educada en el extranjero, con un matrimonio provechoso y que por avatares de la fortuna terminó trabajando en Canarias y volviendo a su casa a cuidar a su madre. Otra de ellas acaba de pasar por un cáncer mutilador. Las hay más simpáticas y parlanchinas o más sosas, hay de todo. Con algunas te ríes por su ingenio y con otras procuras no sentarte a su lado porque te va a dar la mañana con sus pesadeces. A esa hora nadie habla de problemas. Desayunan, se charla de moda, de cocina o de las noticas de la tele. Naturalmente, hay conversaciones cruzadas. Hay días que no, que una cuenta lo mal que está esta temporada, que se le cae el mundo encima o que se le acerca la revisión del médico y está asustada. Por supuesto, también se critica. Que si una de ellas es lesbiana, que a la otra le pone los cuernos el marido, que si dicen que la otra gasta más de lo que ingresa. Y de los maridos, porque casi todas son casadas, también se despachan a gusto, sobre todo cayendo en los lugares comunes de siempre. Lo que las une es algo tan sencillo como que viven en el mismo pueblo, son mujeres y pueden disponer de un rato para acercarse a desayunar algunas, otras a tomar el café de media mañana o a pasar un ratito sencillamente. Las hay que visten de chandal y deportivas, porque viene de dar su paseo matinal, hay otras que van de punta en blanco porque van al instituto a dar sus clases y alguna que otra de uniforme porque es chófer de un autobús escolar. La mesa en torno a la que se reunen es redonda, pequeña, como para cuatro personas, pero según se llega se van arrimando sillas y caben tropecientas mil. A veces ocupas el sitio que deja otra que ya se va. Lo mejor de todo, es que no es "obligatorio" ir, es decir, que vas si te apetece o te viene bien, en el momento que quieras llegas o te vas, sin tener que quedar con nadie. Creo que se haría una serie magnífica. Por ejemplo dos protagonistas, por supuesto mi amiga y yo, dos secundarias, mis dos más conocidas, es decir, las dos más amigas de mi amiga y el resto personajes de relleno, pero que cada día una de ellas fuese el tema del capítulo del día. Vamos, que menuda serie. Como la otra que también vivo. El día de la Pandilla. Normalmente suelo ir una vez a la semana, que no siempre es así porque las cosas a veces se complican, a comer con mi hermana, mi madre y mi sobrina conocida aquí como Caaal. Somos tres generaciones comiendo siempre en el mismo sitio. tenemos cuasi mesa propia y lugares asignados, es decir, que nos sentamos siempre en las misma sillas. En las comidas se discute, se ríe, se comenta, se manda callar a Caaal, se le grita a mi madre que es dura de oído y no se entera de la mitad de las conversaciones... Solemos rematar la jornada con compras, casi siempre de ropa. Pues también sería una buena serie, es más, Caaal y yo hasta tenemos buscado las actrices. Alguna que otra vez hemos tenido invitadas, bien a comer o a tomar café, pero generalmente vamos las cuatro. De nuevo ya está ahí la serie. Cada jornada sería un episodio, se desarrollaría durante la comida en que se comería, pero de verdad, es más no quedaría nada en el plato (como no queda nunca) Hasta el dueño del local sería un personaje, el único hombre que hablaría. No es por nada, pero creo que soy una fuente de recursos para cualquier productora. Lo que no entiendo es a lo que están esperando, porque todavía tengo mas series escondidas en mi vida. Mi vida vecinal en el rural, la relación con mis gatos callejeros... tengo vivencias para varias series. ¿Seré rarita o es que, en realidad, si te decides a contarla cualquier vida puede ser tan digna de interés como para merecer una serie? De lo que me estoy dando cuenta, que mi vida ultimamente de retirada tiene muy poco, porque también tengo una playa peculiar a la que suelo ir y en la que también estoy haciendo amistades. Pero todo esto, viene al caso porque quería contar algo que me impactó en la conversación que tuvimos hoy en la hora del café matinal, pero como creo que esto se va a alargar demasiado la dejaré para otro día, vamos, que como en las mejores series, va a aparecer de un momento a otro el cartelito de "continuará..."